24 de septiembre de 2012

Dieciséis


“Por segunda vez.”

Todo el camino a mi casa me fui flotando en una nube, creo que porque el mundo es grande conmigo no me atropellaron ni nada por el estilo, iba totalmente ajena a lo que pasaba a mi alrededor.
Estaba tratando de no hacerme expectativa alguna acerca de mañana y mi gran escape con André, era imposible no hacerlo, era yo, yo siempre veía cosas donde no había nada, armaba historias de nada, era una cabeza en creación constante.
Si no ponía los pies en la tierra me iba a terminar cayendo feo, muy feo.
Cuando iba llegando a mi casa, me faltaban unas tres cuadras, cambié de idea; no quería ir a encerrarme entre cuatro paredes, quería aire y quería caminar más.
Me di media vuelta y me encontré con que Macka venía cruzando la calle y caminaba en dirección a donde estaba yo. Malditas casas que quedan cerca.
¿Podría hacer como la que no la veía? La verdad, dudaba que me saludara o algo así. Ahora que la miraba de lejos, parecía que caminara como si la vida fuera una pasarela. Me enojé sin saber por qué.
Decidí que saludarla o no daba lo mismo, así que camine como si nada y le subí el volumen a mi mp4.
Cuando estábamos a casi tres metros de distancia abrió los ojos de par en par cuando me vio y se quedo quieta donde estaba. Miró para la acera contraria pero pareció considerar que el cruzar la calle sólo para evitarme era darme demasiada importancia y siguió caminando.
Cuando llego el momento de estar frente a frente y nos vimos, su cara era de absoluta sorpresa, una sorpresa total y absolutamente fingida. Me dieron ganas de golpear algo.
Vi que sus labios se movían mientras levantaba la mano en señal de saludo. Me reí por dentro porque se veía ridícula como estaba parada con su cara de persona simpática.
Me saqué los audífonos y le puse la sonrisa que tenía guardada para la gente a la que no pasaba.
—Perdón, no te escuchaba. —Le mostré los audífonos.
—Eres Chiara, ¿verdad?
—Sí, hola. — Perfecto, hacer como que no recordaba mi nombre había sido una buena idea. ¿Por qué no hice eso primero?
—¿Cómo estás? —le pregunté tratando de no ser tan antipática.
—Bien. Oye, nunca pude pedirte disculpas por el mal entendido de la otra vez. Lo siento en verdad.
Me costó un segundo comprender de que mal entendido me hablaba.
Luego recordé lo que había pasado en el cumple de Pato hacia ya tantos días atrás.
—No te preocupes. —Encogí los hombros en señal de que no me importaba—. Ya es tema pasado.
—No puedo creer que Marce haya sido capaz de hacer algo como eso, fue una verdadera perra, ¿verdad?
Ella quería que yo comenzara a hablar mal de Marce, lo podía ver en sus ojos. Yo no pensaba hacerlo.
—Fue algo que estuvo más allá de su control Sí estuvo mal que hubiera cambiado la versión pero ya es agua pasada. Ya hablamos al respeto.
Se puso roja y casi se me escapa una risita estúpida.
—Perdón, no sabía que habían arreglado las cosas.
Le sonreí ahora de verdad.
—Estamos hablando de a poco.
La confianza que le tenía a Marce seguía ahí, pero me costaba hablar con ella a veces. No podía hacer como si no pasara nada, era muy incómodo hacer eso, pero íbamos arreglando nuestros problemas poco a poco.
—Qué bueno. —Miró el reloj que llevaba en su mano izquierda—. Mira la hora, tengo que irme. Me juntaré con André.
Yo no necesitaba saber eso. Se me cayó el alma a los pies.
—Dale mis saludos.
—Claro, yo le diré. Adiós.
Siguió caminando hacia su departamento y yo empecé a caminar lentamente hacia el lado contrario que ella.
—Chiara. —Me di la vuelta extrañada de que ella me estuviera llamando de pronto—. Mañana es el cumpleaños de André, lo celebraremos en su casa. —La palabra celebraremos me sonaba a mucho. Me molestó—. Si quieres puedes ir.
—Ok, gracias por avisarme.
Siguió caminando como si nada y yo me quedé parada como si no pudiera creer lo que había escuchado. Esa mujer era bipolar y yo necesitaba más que nunca ir a caminar.
Me demoré unos veinte minutos, caminando lentamente, en llegar a una plaza que estaba en Las Salinas que siempre me ha gustado por que sea la hora que sea, siempre hay familias con niños pequeños divirtiéndose en los juegos. La risa de los niños mejoraba de manera inmediata mi ánimo, era un sonido simple y tranquilizador. Hacía que recordara a mis sobrinos y el efecto calmante que tenían en mí.
Me senté en la banca que siempre ocupaba que por suerte estaba libre, saqué un cigarro de mi bolso y me puse a mirar dejando que mi mente vagara libre.
No sé cuánto estuve sentada ahí sin pensar en nada en particular, me entretuve viendo a los niños subiéndose una y otra vez a los sube y baja y ver como los papás empujaban a sus hijos.
Llegaron muchos chicos también a practicar malabares y otros cuanto llegaron a practicar equilibrio; colocaban una especie de elástico afirmado entre dos árboles y con una destreza increíble, ellos se paraban sobre ese delgado hilo y comenzaban a caminar por él.
Me puse a pensar en André y en su extraña proposición para mañana, en Marce e Ignacio que se veían tan felices juntos, incluso pensé en alguien en quién casi nunca pienso: mi Papá.
Él y mi mamá se habían separado cuando yo tenía diez años. Fue de esas noticias que no puedes creer porque para ti, todo a tu alrededor está bien. Dolió mucho. Por unos meses me volví una niña muy introvertida, mi mamá incluso me llevó al psicólogo pero yo no hablaba mucho.
Hasta que un día mi papá me fue a buscar a mi casa, me llevó a la suya y me presentó a “una amiga”. Así, tal cual, con esas palabras. Y yo supe inmediatamente que una amiga, no era.
Como detective comencé a explorar cada rincón de la casa mientras ellos hacían el almuerzo, hasta que encontré la evidencia que quería: ropa de mujer en el closet de la pieza de mi papá. En mi mente de niña lo puse como un traidor y me consumió una ira que creo que, hasta el día de hoy, jamás he vuelto a sentir. Tiré toda la ropa al suelo y la comencé a patear. Fui al baño y encontré cremas de mujer. Me llené las manos con ellas y las esparcí por todo el suelo, los muebles del baño y me llevé algo de crema hacia la pieza y ensucié el cubre cama.
Hasta el día de hoy me impresiona lo que hice esa vez, pero siempre había visto a mi papá como el hombre perfecto. Hasta ese día. Ese día lo culpé a él por todo lo que nos había pasado.
Mi papá llegó a su pieza y vio todo el desastre que había. Comenzó a gritarme y a decirme que era una niña mimada y que mi mamá no había sabido criarme. Yo sólo me tapaba los oídos. No hice más que gritarle y decirle que era un mentiroso y que lo odiaba y que odiaba a la mujer que estaba con él.
Mi papá se quedó impresionado cuando le dije que lo odiaba, ahí se acabó su reto.
No me dijo nada, y yo tampoco. No le pedí disculpas por lo que había hecho y él no me dijo que lo sentía por… no sé, por lo que sea que un papá se pueda disculpar con su hija pequeña por hacerla sufrir.
Me dejó sola en la pieza y pasó mucho tiempo en el que sólo me quede ahí sentada.
Hasta que llegó mi mamá y me sacó de ahí.
Nunca conversamos de lo que pasó: Ella me dejó llorar y secó mis lágrimas. Ella lloró y yo sequé las suyas. Ese día nuestro lazo se volvió más fuerte que nunca, y aún lo es.
Con mi papá nada volvió a ser lo mismo. Él siguió con su pareja y no evitó que estuviera en su casa cuando lo iba a visitar. No habló conmigo ni me hizo entender las cosas, nada. Entendí el mensaje: Acostúmbrate tú solita.
Y así lo había aprendido a hacer desde ese entonces. Yo sabía llevar mis penas y alegrías sola.
Desde ese día cambié radicalmente: Me volví muy fría durante mucho tiempo, encerrando todo lo que sentía y sin dejárselo ver a nadie, hasta que llegó Ignacio a mi vida y me hizo ver que sentir no es malo, y que la persona que está a tu lado está para compartir tanto penas como alegrías.
Recordar todo eso me hizo mal. Recordar los buenos tiempos con mi papá, Recordar los tiempos son Ignacio… fue una flecha para mi corazón y sentí que me hundía.
Las lágrimas comenzaron a correr por mi cara.
De pronto la lluvia se dejó caer de golpe.
Todas las mamás salieron corriendo a buscar a sus hijos y correr a sus autos o a sus casas, los chicos de los malabares guardaron rápidamente sus cosas y se fueron y los que hacían equilibro desaparecieron sin que me diera cuenta.
Las gotas de lluvia se mezclaban con mis lágrimas y me hacían cosquilla en la cara. Pensé en pararme pero no, no me importaba la lluvia. Nos llevábamos bien.
Me levanté de la banca en donde estaba y me fui a sentar a uno de los columpios que había. La lluvia comenzó a caer con más fuerza y sin darme cuenta estaba totalmente empapada de pies a cabeza.
Comencé a balancearme hasta tomar un vuelo considerablemente bueno. El viento me golpeó con fuerza la cara y recordé una canción que me encanta, que en una de sus frases dice “el viento tocará mi cara, y calmara mi pena rara.”
Y allí, como si nada, tal cual como me pasó esa noche de la peña, me reí con todas las ganas del mundo.
Me sentí relajada y me comencé a reír con más ganas. Me balanceaba y me balanceaba.
Era casi como si la lluvia se hubiera llevado todas mis preocupaciones y miedos muy lejos de mí, y había llegado en el momento preciso.
Me sentía perfecto para afrontar el día de mañana, para afrontar a André y a lo que sentía por él. Me sentí optimista por mucho rato.

Llegué a mi casa y me cambié de ropa. Manu me perseguía de un lado para otro para que le diera de comer y lo sacara a pasear. Lo miré y le di una sonrisa mientras le servía su comida. Me sentía como para regalar sonrisas a todo el mundo.
Esperé que terminara de comer y le puse la correa para salir a pasear.
—Va a ser un paseo sólo para que hagas tus necesidades.
A Manu le gustaba el agua, pero no la lluvia torrencial como la que estaba cayendo ahora.
Lo bajé, caminó un poco, y subimos en el momento justo para poder contestar mi celular, corrí para que no cortaran la llamada.
Miré el visor y vi que era Lore. Adiós planes de mañana, me recordé a mi misma con una sonrisa.
—Holi.
—Hola, fea, ¿Cómo estás?
—Ahora seca, antes era un lago ambulante. —Mi amiga se empezó a reír.
—Asumo que te pilló la lluvia.
—Y mi y al 80% de las personas de viña, pero en fin. Oye.
—Dígame. —Me dijo mi amiga aun riendo.
—Mañana no voy a poder salir —le dije casi en un susurro, se iba a enojar.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Eeeeeh. —¿Cómo le digo?—. Digamos que salió algo de último minuto.
—¿Último minuto? ¿Qué se supone que es eso?
—Cuando te vea te cuento, ¿bueno?
—Como sea, no me caes bien ahora. —Sip, se había enojado.
—Perdón.
—Bla, bla, bla. Me voy.
—No te enojes, besitos.
—Chau.
Línea muerta. Si había algo que a Lore la hiciera enojar era que la gente cambiara sus planes y yo siempre lo hacía.
Estaba cansada, se me cerraban los ojos. Prepare rápidamente algo de comida para mi mamá y le dejé una nota para decirle donde estaba su comida.
Me dormí en cuanto apoyé la cabeza en la almohada y dormí tranquilamente.

Desperté de golpe a eso de las doce de la tarde, desorientada como siempre me pasa cuando duermo mucho.
Se me instaló la sonrisa tonta en la cara en cuanto recordé que ese día vería a André. La sonrisa y los nervios.
Me obligué a calmarme y partí a ducharme.
Mientras me duchaba, recordé que en ningún momento quedamos de acuerdo a qué hora nos juntaríamos. Supuse que me llamaría, después de todo él era el que había insistido y por ningún motivo iba a dejar que se diera cuenta lo emocionada que me tenía verlo.
No, no, no.
Así que luego de sacar a pasear a Manu, decidí ir a comprarle un regalo de cumpleaños.
Y me vi en un gran aprieto. ¿Qué le gustaba?
De pronto me di cuenta que no lo conocía para nada y el pánico se apodero de mí. Perfecto, yo me estaba involucrando con un hombre que tenía novia, que me traía babosa y del que no sabía nada. A excepción de que estudiaba medicina, y amaba con locura a su abuela. ¿De qué me servía eso?
Después recordé que me dijo que fumaba tabaco en pipa.
Perfecto, una pipa.
Fui hacia el centro y compre la pipa más hermosa que había visto, a mi padrino también le gusta fumar en pipa y tenía un millón de ellas, y la más cara también, pero el chico lo valía.
Me fui a mi casa pendiente en todo momento si escuchaba sonar mi celular, pero nada.
Dos horas más tarde seguía paseándome por todo mi departamento como león enjaulado.
Para cuando dieron las cuatro, tomé la decisión de llamarlo. Quizás no tenía dinero en su celular.
Busqué su número y lo llamé y me fui directo al buzón de voz. Traté unas seis veces y las seis terminé en el buzón.
Saqué a pasear a Manu de nuevo esperando encontrarme con Macka, quizás podía sacarle de alguna manera un poco de información de donde estaba André. Pero el destino hoy no me quería, no le vi ni un pelo.
A las siete de la tarde mi humor era de perros y mi mamá estaba verdaderamente asustada de porque estaba así. Podía ponerme a llorar en cualquier momento.
Traté de llamarlo muchísimas veces durante la tarde pero en todo momento su teléfono siguió apagado.
¿Y si se había arrepentido? Era lo más probable. Me negué a pensar en eso. Le tenía que haber pasado algo.
A las ocho de la tarde me había dado por vencida de que fuera a llamarme para salir, pero no lo iba a perdonar, a menos que llamara para decir qué le había pasado. No que fuera hacerle una escena o algo por el estilo, para eso tenía a su novia, pero tenerme todo el día esperando era feo y aun más, las ganas de verlo me habían matado todo el día.
Tomé la correa de Manu y lo saqué a pasear para despejar mi cabeza, mi celular en todo momento a mano en mi bolsillo para sentirlo si es que sonaba.
Iba llegando a la esquina del departamento de Macka cuando la vi salir y para mi sorpresa, André iba a su lado con una sonrisa de oreja a oreja.
La decepción me llegó como un golpe en el estómago y me di la vuelta lo más rápido posible.
—¡Hey, Chiara!
Me congelé. Era Macka la que me estaba llamando.
Me di vuelta lentamente tratando de serenar mi cara.
Los ojos de André estaban abiertos de par en par, como si jamás se le hubiese ocurrido pensar que nos podíamos encontrar. Las desventajas de que “la otra” viva tan cerca de tu novia, le dije mentalmente.
Ellos se acercaron hacia donde yo estaba, Manu moviéndole la cola a André cuando lo reconoció.
—Nos vemos de nuevo —me dijo Macka con una sonrisa.
—Hola. —Levanté una mano a modo de saludo y añadí con toda la naturalidad del mundo—. Feliz cumpleaños, André. —Incluso le di una sonrisa. Muy valiente.
Su cara se congeló. La vergüenza, las disculpas e incluso el dolor estaban grabados en sus ojos. Me obligué a no seguir mirándolos.
—Gracias, Chia. —No fue necesario evitar el mirarlo, él me evitaba. Bonito, bonito.
—¿Irás al cumpleaños? —me preguntó Macka feliz, le faltaba ponerse a saltar en dos pies.
—No, lo siento. Espero que lo pasen bien. —Les sonreí y André cerró los ojos con fuerza ante mi gesto—. Bueno, nosotros estábamos paseando. Los dejamos.
Les dije adiós y me puse a caminar en el sentido contrario en que irían ellos, caminando por una calle por la que nunca camino con Manu.
Me obligué a seguir caminando y no llorar hasta que pude llegar a una banca y poder romperme en pedacitos ahí.
Era ingenua y estúpida. ¿Cómo creí que él quisiera pasar su cumpleaños conmigo y no con su novia?
Estúpida Chiara, estúpida.
Todo esto era mi culpa.

Quince


“De la ausencia y de ti.”

Los días siguientes salí, comí, conversé, reí e incluso bailé, pero lo hice todo como un robot. Ninguna sonrisa venía del alma, comía porque me vigilaban y bailaba porque me obligaban. Me obligué a mi misma a no permitirme quedar como papel picado, mojado e inservible.
No derramé ninguna lágrima.
Incluso mi cumpleaños pasó como un borrón: no quise celebrarlo, no quise hacer nada. Joaquín llegó a mi casa, entre él, Lore y Ernesto me obligaron a salir a un local ese día en la noche para tomar algo y celebrar, pero no disfruté nada.
Él no me había llamado para decirme feliz cumpleaños.
Nadie se atrevió a preguntar qué me pasaba, todos se hacían los locos y se esforzaban por distraerme y yo agradecía profundamente ese esfuerzo.
La única que me habló fue Marce pero la verdad que es ni siquiera recuerdo el 20% de las cosas que me dijo.
Cuando Ignacio se había ido me sentí rota durante mucho tiempo. Ahora me sentía vacía. No sabía que era peor. Y el frío había vuelto con más intensidad que nunca.
Saber que pronto entraría a clases me aliviaba por muy loco que pareciera, estar en la Uni iba a mantener mi mente ocupada y sería más fácil el día a día haciendo algo productivo.
Mi felicidad duró hasta que Lore me recordó algo que había olvidado por completo.
—Amiga, tienen práctica en el mismo consultorio este semestre.
Oh, perfecto. Ahora sólo mátenme.
Lore me lo estaba diciendo como una noticia nueva, ella no sabía que él ya me había dicho que compartiríamos campus clínico este semestre pero yo lo había olvidado por completo.
¿Cómo se supone que estaría en el mismo lugar que él durante seis meses? No podía. Verlo no era una opción ahora y la verdad, nunca lo sería.
Lo mejor que se me ocurrió fue arrancar, así que pedí cambio de campus antes de que el semestre comenzará.
Mi felicidad duró lo que me demoré en darme cuenta que el plazo para pedir cambios de campus ya había pasado. Gran suerte la mía.
Aun así fui a la Uni con todos los dedos de mi mano cruzados para que me dejaran cambiarme. No sé qué razones le iba a dar a la Profesora Valentina, nuestra Jefa de Carrera, pero algo se me tenía que ocurrir.
—Hola Chia.
La Sra. Luz me asfixió en un abrazo gigante que increíblemente, mejoró mi estado de ánimo.
—Hola Sra. Luz, ¿cómo está?
—Bien ¿y tú querida?
—Bien también. —Miré hacia la oficina de al lado—. ¿Está la Profe Vale?
—Si. ¿Tenías entrevista con ella?
—Sip.
—Perfecto, espera aquí un poco.
La Sra. Luz se fue, entró a la oficina y volvió a los pocos minutos.
—Puedes pasar.
—Gracias.
Me levanté, mis rodillas temblando, y entré a la oficina.
La profesora Valentina era muy dulce cuando quería, pero cuando se enojaba daba terror, así que mi excusa para el cambio de campus clínico tenía que ser buena o simplemente me despacharía sin siquiera escucharme.
—Profe, buenos días.
—Hola Chia. —Me saludó con un beso en la mejilla—. ¿Cómo van las vacaciones?
—Bien… descansando. —Mutando, arrastrándome, nada del otro mundo.
—¿Qué te trae por aquí?
Me senté y apoyé mis manos en mis piernas y comencé a retorcerlas. Estaba nerviosísima. La miré y le puse la mejor cara que podía.
—Bueno, es que quería ver si era posible pedir un cambio de campus clínico. —Me miró y supe de inmediato que fuera la razón que fuera la que la diera, no me dejaría cambiarme. Aun así insistí—-. Vivo en viña del mar y ayer hice el recorrido en bus hasta el consultorio y ni siquiera fue en hora punta, y me demoré más de una hora en llegar. ¿No es posible que me cambien a otro más cercano? El consultorio Padre Damián, por ejemplo.
Me miró fijamente, taladrándome con sus ojos.
—No Chia, lo siento. No es posible. —Me sonrío maléficamente—. Los cambios de campus clínicos ya están cerrados, eso deberías saberlo.
—Si, lo sé pe…
—Y tú sabes que nosotros no hacemos excepciones. Hay muchos compañeros que están incluso más lejos de su campus. Un sacrificio no te matará. Esfuérzate. —Me dio una sonrisa tirante y me dieron ganas de golpearla, lo juro.
—Oh. —Puse voz de tristeza que la verdad no me costó nada—. Está bien.
Nos quedamos en silencio unos minutos.
—¿Eso era todo?
—Eeeeh, sí.
—Entonces Chia te acompaño afuera. Que ahora empieza mi hora de almuerzo.
Me levanté de mi silla, me despedí y salí hacia el patio de la Uni.
Busqué una banca desocupada, saqué mis cigarros, encendí uno y me instalé.
Perfecto, simplemente perfecto.
Yo no quería verlo, no podía, no podía. Yo era débil, demasiado. Si lo tenía cerca durante tanto tiempo iba a flaquear e iba a terminar con él de nuevo. Después de todo, cuando él me dijo que quería averiguar qué pasaba entre nosotros dos jamás me dijo que dejaría a Macka y se quedaría conmigo, así que la opción de que todo se repitiera era alta.
No, no, no. Me pegué en la cabeza tratando de ahuyentar esos pensamientos.
No voy a volver a caer, no lo necesito, ni lo extraño
No, no, no.
Apoyé mis codos en mis rodillas y apoyé mi cabeza entre mis manos mirando el pasto. Estaba húmedo por la lluvia de ayer, a pesar de que el sol resplandecía sobre mi cabeza.
Me quedé mucho rato mirando el piso hasta que me sentí observada.
Levanté la cabeza y mi corazón se paró por completo cuando vi a André parado en la otra esquina del Patio.
No me pude mover. Creo que tampoco quise.
Lo vi acercarse a mí y me quedé quieta esperando mimetizarme con la pared que tenía detrás y que él pasara de largo.
Mi corazón latía como loco y mis manos sudaban.
Cuando llegó a ponerse frente a mí, venía serio, no me sonrío en ningún momento y extrañé su sonrisa gigante.
—Hola.
Mi garganta estaba seca y no me salía ningún sonido. Lo saludé con un movimiento de cabeza.
Me frunció el ceño pero no me dijo nada.
Me puse a mirar alrededor buscando cualquier excusa para correr. Él siguió parado frente a mí taladrándome con la mirada como si nada. Comenzaba a pensar que le gustaba intimidar a la gente, o al menos intimidarme a mí.
Después de un par de minutos de estar parado optó por la opción más cómoda para él y menos cómoda para mí, se sentó a mi lado.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
Se quedó callado unos segundos.
—Vine acompañar a Pato a revisar unas cosas.
Silencio.
—Mañana es diez —Me dijo con una voz extraña.
Sabía perfectamente bien que mañana era diez.
—Haré una especie de fiesta en mi casa, nada muy grande. —Hizo una pausa demasiado larga y lo miré. Quedé clavada en sus ojos y continuó—. Quiero que vayas.
Espera, ¿qué?
—¿Que yo vaya?
—Sí.
Lo miré como si estuviera absolutamente loco.
—No voy a ir.
—Por favor.
—Va a estar TU NOVIA. No voy a ir.
Se quedó en silencio como dándose cuenta de lo ridícula que era su petición. Cambió de tema abruptamente.
—¿Qué haces acá?
—Vine a cambiar mi campus de práctica.
Tuve la satisfacción de cómo se le caía la mandíbula cinco metros hacia abajo.
—¿Por qué?
—¿No es obvio?
Me miró un segundo antes de responder.
—No, no es obvio. La verdad, yo intenté hacer lo mismo.
—¿Ah?
Casi se río de la cara que le puse, pero seguía extrañamente serio.
—Fui a mi U ayer a pedir un cambio, pero no me dejaron.
—¿Por eso tu cara? —Me miró como si no entendiera—. Ni una sonrisa, ni siquiera una falsa. ¿Por eso estás molesto?
—No. —Se me acercó un poco más y yo me hice hacia atrás sólo para encontrarme con el borde de la banca—. No pensaba encontrarme contigo aquí. —Volvió a sentarse bien, incluso más lejos de mí de lo que estaba antes—. Pero es como si me siguieras.
Hice un puchero con la boca y él me miró de reojo.
—Yo no sigo a nadie.
Y ahí estaba. Esa sonrisa que me desesperaba y me encantaba. ¿Podía decir que era feliz viéndola de nuevo o sonaba como loca? Esto era demasiado.
Hizo que incluso yo sonriera, su cuerpo se relajó de inmediato como si estuviera eliminando una barrera invisible que había puesto.
—De verdad quiero que vayas mañana.
Silencio.
—¿Has escuchado la expresión puedo pero no debo? —Asintió con la cabeza—. Bueno, ahora mismo esa frase es mi lema.
—¿Y si prometo que no haré nada?
Se me hundió el estómago y me grité por estar esperando algo. Yo no iba a ir y tampoco tenía porque esperar nada de él. NADA.
—Da igual. Sería extraño que me apareciera por allá. Después de todo no soy precisamente tu amiga.
—Eso es verdad. —Soltó en un susurro.
Nos quedamos mirando el cielo. Era el primer día soleado desde hace al menos 15 días. Mi cuerpo agradecía los pequeños y débiles rayos de sol. Podía amar la lluvia, pero yo era una persona de Sol
—¿Y si mañana nos vamos lejos?
Giré mi cabeza de golpe para mirarlo. Tenía esa expresión de niño travieso en su cara que lo hacía ver adorable.
—¿Irnos lejos?
—Sí. —Me sonrío aún más—. Dónde sea. Por el día, hasta el día siguiente, me da lo mismo. Incluso aunque fuera por cinco minutos. Sólo desaparecer contigo sería un buen regalo de cumpleaños.
Decir que no me derretí ahí mismo con esas palabras sería una mentira gigante. Traté con todas mis fuerzas de negarme hasta que mi parte cruel salió. La Chia mala y aventurera dentro de mí me dijo que por un día él quería estar conmigo. Estaba pidiendo mi compañía a su lado en un día muy importante, era su cumpleaños después de todo, ¿no?
Le respondí como si no me importara aunque por dentro mi corazón daba saltos en dos pies.
—Tengo que ver —Me miró de una manera exquisita—. Tenía planes mañana, tengo que ver si puedo cambiarlos.
Se acercó a mí y quedó a menos de un centímetro de mi cara. Mis ojos se fueron directo a mirar su boca. Estúpida Chiara, estúpida.
—Has dicho tenía planes, no has dicho tengo. —Se alejó de repente y se paró frente a mí—. Tú misma los acabas de cancelar.
Me dio la mejor sonrisa que podía, esa donde sus ojos bailaban felices y se fue.
Acababa de meterme en un lío bien grande y lo peor de todo era que estaba fascinada por eso.

Catorce


“Goodbye my almost lover.”

Me quedé mirándolo como si en cualquier momento fuera a desaparecer.
¿Qué demonios estaba haciendo aquí?
—Hola.
El pobre tenía los labios morados y la mandíbula le temblaba. Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo por no tiritar.
—¿Por qué estas todo mojado?
Las ganas de abrazarlo eran tan grandes que me enterré las uñas en las palmas de las manos.
Obviamente el gesto no le pasó desapercibido.
No decía nada, solamente me miraba con cara de cachorrito herido.
—Tú misma me lo dijiste, afuera llueve.
Casi me río. Alcancé a convertir la sonrisa en una mueca.
—Existe lo que se llama paraguas.
—Con este viento los paraguas quedan reducidos a nada. —Tomó airé y me miró y pude jurar que casi me hundo en sus ojos—. ¿Podemos hablar?
Lo miré a él y miré hacia dentro donde mi mamá estaba asomada desde la puerta de la cocina mirándome con cara de intriga.
—Está mi mamá adentro.
Rodó sus ojos.
—Chia por favor. Estoy muerto de frío, ¿sólo cin…?
Levanté un dedo haciéndolo callar.
Escuché el sonido de pasitos corriendo por el pasillo, dos pares de pasitos y supe que poder despachar a André a su casa o a donde sea que se fuera no iba a ser posible.
—Mierda —dije bajito.
—¿Qué?
Se dio la vuelta justo para ver aparecer a Joaquín corriendo con todas sus ganas y muy por detrás de él venía Martina dando pasitos temblorosos. Me sonreí.
—Tía Tiaraaaaaa. —Joaquín estaba pasando por esa fase en la que no pronuncia las Q ni las R, y como mi nombre al decirlo sonaba como Kiara, mi pobre sobrino estaba perdido.
Mi sobrino abrió sus brazos para estrellarse en mis brazos pero cuando vio a André se paró en seco y cayó sentado sobre su trasero.
—¡Joaco!
Pasé corriendo por al lado de André que se aguantaba la risa. Joaco lo miraba con cara de susto, como si André fuera un monstruo que se lo quisiera comer.
—¿Estás bien?
Mi sobrino se agarró de mi cuello casi ahorcándome como si yo me fuera a desaparecer de un día para otro.
—¿Tien es él? —me susurró en mi oído y apuntó con su manita regordeta a André que estaba atrás de nosotros.
—Un amigo.
Me levanté con él en brazos y me giré hacia André.
—Joaco, él es André.
André se aceró y le estiró la mano tratándolo como un niño grande. A Joaco le gustó eso.
—Hola.
Él estiro su manita todo cohibido y puso esa voz que sólo guarda cuando tiene miedo pero no quiere demostrarlo.
—Hola. Soy Joatín.
—Mucho gusto Joaquín, yo soy André. Un amigo de tu tía.
Joaquín se acercó a mi oído y me pidió que lo bajara.
Estando en el suelo se acercó a André y lo miró a la cara.
—¿Eres el novio de mi tía?
Ay mi Dios. Niños. Me puse roja de pies a cabeza comencé a mirar cuanto le faltaba por llegar a mi hermana.
André comenzó a reírse y le revolvió el pelo a Joaquín.
—No amigo, no soy su novio.
Lo miré y él levanto los hombros como diciendo “es la verdad”. Empecé a enojarme de nuevo.
—Chiara.
Me di vuelta para ver a mi hermana, mi cuñado y a Martina en sus brazos.
—Hola.
Tener a André todo mojado en la entrada de mi departamento ya no era una opción y era probable que mi mamá lo invitara a almorzar y lo obligaría a comer aunque él ya hubiera almorzado. Yo y mi suerte.
—Hola Cata, Hola Rodri. —Los saludé a los dos con un beso en la mejilla, los ojos de mi hermana iban de André a mí. Le mande un mensaje con los ojos que decía “no se te ocurra preguntar” y tomé en brazos a Martina—. Hola preciosa, ¿puedo tener un beso?
Martina me tomó la cara con sus manitas pequeñas y me tapó la cara a besos. Me puse a reír.
De pronto sentí un tironcito en mi poleron. Miré hacia abajo y estaba Joaquín. Me puse a su altura.
—Tía, Andé tiene fdío.
Miré a André con cara de odio. Mandar a mi sobrino con recaditos era jugar sucio.
Me di vuelta y le entregué a Martina a mi hermana.
—Él es André —dije apuntándolo. Él levantó la mano saludando.
—Me acercaría pero prefiero dejar el sector mojado sólo aquí.
Mi hermana y mi cuñado se rieron y lo saludaron también.
Solté un gritito casi insonoro de exasperación
—Entren ustedes mientras, mamá está en la cocina. Dile que yo ya voy.
Pasaron por mi lado y mi hermana me dijo “Está bastante guapo” y entró en el departamento.
Cuando estuvimos solos en el pasillo me quedé mirándolo un buen rato.
—Me va a dar neumonía —me dijo con ojos tiernos.
—Te lo mereces por mandar recaditos con Joaco.
—¿Podremos hablar algún día?
Solté un suspiro y me acerqué a él.
—Mi hermana ya te vio, ahora no te puedo mandar de vuelta así como estas. —Abrí un poco más la puerta—. Entra.
Me miró igual como un niñito mira la bicicleta que siempre quiso.
—¿De verdad?
No pude evitarlo y le di una sonrisa.
—De verdad.

Luego de las presentaciones y de la obvia invitación a comer, llevé a André prácticamente a rastras a la pieza de invitados, donde sabía que había ropa que Pato había dejado olvidada desde hace meses.
—Esto es de Pato. —Se lo pasé junto con una toalla—. El baño es la puerta de al lado, puedes cambiarte ahí.
Cuando iba saliendo de la pieza me tomó la muñeca y me dio vuelta. Me arrinconó en la puerta que estaba entre abierta hasta que mi espalda tocó la madera y él se puso muy, muy cerca de mí.
Evité mirarlo.
—Me estás mojando.
Se acercó todavía más a mí y puso una mano al lado de mi cara y con la otra sujetó mi cintura.
—Prométeme que vamos a hablar y te suelto.
—No tenemos nada de qué hablar.
Inclinó su cabeza hasta que su frente tocó la mía, su aliento hizo que me temblaran las piernas.
—Te equivocas, sí tenemos.
Antes de que pudiera responderle algo, me besó.
Mi mente se bloqueó pero me obligué a levantar las manos y apartarlo.
—No. —Me alejé unos cuantos pasos de él—. Si quieres hablar, perfecto. Pero cero contacto físico. —Asintió—. Y primero te cambias de ropa y comemos.
Me di media vuelta y me fui casi corriendo a la cocina sabiendo que me esperaba un interrogatorio.
Mi mamá fue la primera en empezarlo.
—Él es el que te vino a dejar ayer noche, ¿verdad?
—Sip, es él.
—¿Y a qué vino?
Oh mierda. Piensa en algo rápido, piensa en algo rápido.
—Venía del Bravísimo[1] y su paraguas se rompió. Yo soy la persona que vivía más cerca así que vino acá a buscar techo.
Sus miradas me decían que ni en sueños se tragarían una excusa como esa, pero lo dejaron pasar.
—¿De dónde lo conoces?
—Es amigo de Pato.
La cara de mi mamá se suavizó al instante y supe que ya lo estaba colocando en su cabeza dentro de la carpeta de niños buenos.
—¿Qué estudia? —Mi hermana seguía taladrándome con sus ojos.
—Medicina —lo dije como si fuera obvio.
El interrogatorio se terminó sin que me sintiera especialmente amenazada. Mi hermana se sentó conmigo en la mesa de la cocina.
—¿Has visto a Ignacio? —Bajó la voz. Mi mamá tenía prohibido nombrar a Ignacio, lo había querido mucho y ahora decía que si lo veía lo estrangulaba.
—Sip. De hecho antes de ayer lo vi a él y a Marce en el cumple de Pato.
A mi hermana se le abrieron los ojos como plato.
—¿A los dos? —Tomó una de mis manos y me miró con pena—. ¿Qué hiciste?
—Nada. —Me encogí de hombros—. Es más, con Marce como que medio nos arreglamos.
—¿QUE?
—Eso. Ese fue un día extraño. —Miré hacia donde estaba mi mamá—. Después te cuento.
—¿Tiene que ver con el guapetón de la entrada? —preguntó levantando sus cejas de forma sugerente. Me puse roja.
—Algo.
—¿Qué pasa con él?
—Nada. —Rodé los ojos—. Tiene novia.
—Perfecto.
—Ajá.
Nos quedamos en silencio mirándonos como procesando la información y viendo qué hacer con ella.
Escuché risitas provenientes del living mientras una voz grave que se escuchaba amortiguada hablaba.
—Voy a ver a los niños.
Me levanté y cuando entré al living vi la escena más tierna que podría haberme encontrado.
André estaba todo desparramado por el sofá con Joaquín en su espalda haciéndole cosquillas y Martina que le daba pequeños golpes en la cabeza. Se me derritió el corazón viéndolo así.
—Muede monstdo, muede.
Me quedé mirándolo un segundo más del necesario y luego comencé a caminar hacia ellos.
—¿Necesitan ayuda?
Los tres levantaron la cabeza al mismo tiempo. Los tres tenían las mejillas rojas y los ojos brillosos. Era como para sacarles una foto.
—Siiiiiii. Tía tu también tienes que matadlo.
—¿Me das ese honor Joaco?
—Clado.
Me acerqué a André y comencé a hacerle cosquillas en el lado contrario en que se las hacía Joaquín.
—No… no. —Risas, risas, risas—. Por favor no. —Más risas—. S… soy muy co… cosquillo… lloso.
Con más ganas que antes le hice cosquillas por todo su estomago, el pobre estaba rojo, pero feliz.
—Mira cómo juegan los niños.
Me di la vuelta sacando las manos cerca de André para ver a mi hermana y a mi cuñado detrás de nosotros mirándonos con caras divertidas.
—Estábamos matando al monstdo mami.
Martina asentía enérgicamente con su cabecita.
—Me parece muy bien. Pero ahora el Monstruo y el resto de sus cazadores deben ir a comer.
Joaquín salió volando hacia la mesa y Martina se bajó lentamente del sofá a pedirle brazos a mi hermana.
Miré a André que seguía tirado en el sillón tratando de recuperar el aliento.
—Me atacaron de pronto.
—Suelen hacerlo así.
—¿Cuántos años tienen? —Se sentó en el sofá y se arregló el pelo. Desvié la mirada para no quedarme mirándolo como boba.
—Joaquín tiene 6 y Marti 2 años.
Me levanté del suelo y me quedé a su lado esperándolo.
—¿Y tu ropa?
—Mmm. ¿en el baño?
Le eché una mirada de odio.
—Ve a sentarte mientras, iré a ponerlas en la secadora.
Corrí a la velocidad de la luz para no dejarlo sólo tanto rato en la mesa y no se sintiera incomodo. Pero cuando llegué él estaba relajadamente hablando con todos y riendo. Encajaba a la perfección.
Moví la cabeza desterrando el pensamiento. Yo no iba a caer de nuevo.
El almuerzo fue uno de los mejores que he tenido comiendo con mi familia, y digamos que en 21 años de vida he tenido varios. André era ingenioso, hacia que Joaco hablará mucho y le daba ideas a mi mamá para instalar su mini jardín en la terraza. Con mi cuñado hablaban de todo, como si fueran dos viejos amigos. A los 5 minutos de estar comiendo dejé de sentirme incomoda y comencé a disfrutar, así de genial se sentía todo.
3 horas, muchas risas y juegos después, Joaquín y Martina estaban sobre mi cama durmiendo como dos angelitos.
André y yo estábamos sentados en el suelo con nuestras espaldas apoyadas en el borde de la cama.
Sabía que ahora hablaríamos y no quería, de verdad que no.
¿Qué me podría decir que yo ya no supiera? Yo quería estar con él pero no podía compartirlo, tan simple como eso. ¿Era egoísta de mi parte sentir eso? ¿Era mala por querer que Macka lo dejara en paz? Es decir, ¡ella lo engañaba por el amor de Dios! Y él estaba ahí para ella y no para mí.
Sentí que me estaba mirando y mis manos comenzaron a temblar.
—No quiero que esto termine.
No lo miré, no podía.
—Esto… ¿Qué es esto? —le dije conteniendo el temblor de mi voz.
—No sé lo que estamos haciendo pero me gustaría saberlo, y para eso, te necesito a ti a mi lado.
Tomar aire se estaba haciendo difícil. Me corrí un poco más hacia la izquierda alejándome más de él.
—Yo no puedo estar a tu lado si tú estás con alguien más. —Lo miré—. Me volví loca y por un segundo dije “está bien, puedo hacer esto”. Pero luego recordé que te debes a alguien más y esa persona estará ocupando el 90% de tu tiempo. Yo no quiero estar sentada en la banca de reservas. Contigo yo quiero algo distinto y ahora mismo no puedo tenerlo.
Apoyó su cabeza en la cama y supe que esto se había terminado. No más.
Se me quedó atrapado un sollozo en la garganta. Me prohibí romperme con él aquí y no lloraría aunque él se fuera. Yo no podía llorar, fuera lo que fuera que había pasado entre nosotros había sido ínfimo, muy raro y corto, y no merecía ningún tipo de lágrimas.
Se levantó y me miró con unos ojos que no supe descifrar.
—¿Me vas a dejar a la puerta?
—Claro.
Me levanté con cuidado para no despertar a los niños.
Tomé la bolsa con su ropa y se la entregué.
Caminamos hasta el living para que él se despidiera.
—Sra. Cristy, me voy.
Mi mamá se dio vuelta sorprendida al igual que Rodrigo y Cata.
—¿Y los niños? —me preguntó Cata.
—Están durmiendo en mi pieza.
André se acercó a darle un beso a la mejilla a mi mamá y ella le sonrío.
—Espero tenerte de vuelta luego por aquí, eres una excelente compañía.
André sólo asintió y se despidió de mi hermana y mi cuñado. Se notaba tenso e incómodo. Mi hermana también lo notó y me miró. Negué con la cabeza y me encaminé hacia la puerta y la abrí.
Se quedó parado en el pasillo mirándome con ojos que me decían “no quiero esto”, pero, ¿que podíamos hacer?
—Nos vemos —le dije.
—Nos vemos.
Se acercó a mí y mi corazón paró de latir por un segundo, como si estuviera grabándolo todo.
Acercó su boca a mi mejilla, pero al último momento se corrió un poco y me dio un beso en la comisura de la boca. Aguanté el suspiro que amenazaba con arrancarse.
—Chao.
Levanté la mano diciendo adiós mientras daba la vuelta al pasillo para subirse al ascensor.
Cerré la puerta y me apoyé en ella cerrando los ojos.
Sólo una lágrima, me dije, sólo una.
Derramé sólo una lágrima y me la limpié rápidamente con el dorso de la mano y volví al living.
Había quedado en un punto muerto de nuevo.


[1] Bravísimo: Heladería Chilena.