4 de noviembre de 2012

Veintiséis


“No hay otra manera.”

Decir que aguanté más de lo que podía aguantar quedaba pequeño. Mi corazón sufría con cada momento que estaba junto a André, pero siempre mantenía la máscara de "chica agresiva" puesta; era eso, o romperme en mil pedazos frente a él.
La frase nunca más me enamoraré se me pasó un millón de veces por la cabeza cada vez que me topaba con sus ojos, esos ojos cafés que sabían perfectamente como leerme. El cambio de consultorio parecía ahora no una opción de alivio, era prácticamente una opción de salvación: absolutamente necesario.
Cuando a la una, llegaron a avisarnos que tocaba nuestra hora de almuerzo, tuve al fin un respiro.
Salí corriendo lo más rápido que mis piernas me permitían, pero no fue lo suficientemente rápido para alejarme de él.
— ¡Chia! —Me detuve en seco aunque mentalmente me regañaba por no haber hecho oídos sordos a su voz—. Por favor, espérame.
Me tragué el dolor, volví a ser la Chia frívola y me di la vuelta.
—¿Qué? —espeté la palabra con odio puro.
—¿Podemos hablar? —Sus ojos me miraban de la misma forma en que lo hicieron esa tarde en que me fue a buscar a mi departamento —. Quiero… —cerró los ojos y se pasó la mano por la cara—, necesito que me escuches.
Se veía... triste. No el tipo de tristeza que tenía yo ahora, era algo que había estado ahí siempre, oculto y que solo ahora me dejaba ver.
Callé mi advertencia mental de “corre por tu vida” y me quedé mirándolo.
—¿De qué quieres hablar?
En sus ojos brilló el alivio, pero ese foco de tristeza no se fue. Las ganas de abrazarlo para que esa mirada desapareciera de su rostro fueron tan grandes que terminé cruzando mis brazos sobre mi pecho.
—¿Podemos… ir afuera?
Asentí con la cabeza y el comenzó a caminar hacia el mini patio que el consultorio tenía, era como una especie de lugar privado donde los doctores, enfermeras, paramédicos, en verdad todos, veníamos a intoxicarnos los pulmones con nicotina.
Me senté en un gran trozo de cemento que habían colocado junto a unas plantas a modo de asiento. El sol de finales de Octubre era reconfortante y ya comenzaba a quemar.
Crucé mis piernas y esperé que hablara.
Él no se sentó, se quedó de pie a escasos centímetros de mí, movía sus manos nervioso y veía hacia subir y bajar su pie cada cierto tiempo.
—¿Y?
Su pierna se quedó quieta cuando escuchó mi voz. Me obligué a mirar al frente y no tomarle atención.
—Quiero que entiendas lo que pasó.
—Para mí no tiene mayor entendimiento. Estabas con ella y conmigo. —Hablar de esto no era bueno. Tomé aire y agregué—: Al mismo tiempo. —Giré mi cabeza y lo taladré con la mirada—. ¿Algo que agregar?
Me miró en silencio unos segundos, como digiriendo mis palabras.
—¿Por qué estás así?
Instintivamente alcé mi barbilla y me puse a la defensiva.
—¿Así cómo?
—Cómo si… —Se masajeó las sienes con el dedo índice y siguió—, como si lo que tuviera que decirte te diera lo mismo.
—Es que me da lo mismo.
Abrió los ojos de par en par y su dedo se congeló en su cabeza. En un movimiento rápido se acuclilló y quedo a la altura de mi cabeza, aún seguía a unos cuantos centímetros de distancia, pero no los suficientes como para no sentir su olor. Arrugué la nariz.
—Esta no eres tú
Un suspiro de cansancio y pena salió de mis labios y cerré mis ojos. La Chiara frívola estaba perdiendo, y la Chiara hecha pedazos aparecería en cualquier momento, necesitaba irme de aquí. Escapar como fuera. Abrí los ojos.
—Esto —dije apuntándome el centro del pecho —, esto que dices que no soy yo, es lo que quedó por tu culpa —tomé aire y me negué a parpadear, si lo hacía, el río de lágrimas sería imparable—. Te crees el dueño del mundo, cada vez que me hiciste a un lado yo esperé que volvieras, pero ahora —me levanté y lo miré hacia abajo. El levantó su cabeza y la mirada en sus ojos hizo que mi corazón se retorciera. “Suficiente”, me dije—, ahora no voy a estar esperándote más. No puedo dejar que me sigas arrastrando por el piso como y cuando quieras. No soy el juguete de nadie.
Me di la vuelta y di pasos rápidos hasta la puerta. La voz de André, furiosa, con pena y algo más que no supe descifrar me dejó anclada al piso.
—Macka está embarazada.
Es una puta broma.
Apreté tanto el marco de la puerta que los nudillos me quedaron blancos. La Chia frívola perdió definitivamente todo terreno y cuando me volví a ver a André, lágrimas bañaban mis mejillas.
—Dime que me estas mintiendo.
Negó con su cabeza lentamente, seguía de cuclillas en el suelo, como si apenas le quedaran fuerzas para hacer levantarse.
—Yo… —se apretó el puente de la nariz, un gesto que jamás le había visto hacer. Su mandíbula estaba tensa y las venas de su cuello están marcadas. Daba miedo. Mucho—, cuando te dije que había terminado con ella te mentí, si. —Cerré los ojos ante su confesión. Si alguna vez creí que me podría sanar, esto eliminaba ese pensamiento por completo—. Pero fue la única manera de retenerte que vi en ese momento. Iba a terminar con ella, quería —cerró los ojos con frustración—, necesitaba terminar con ella. Pero cuando le dije…
—Te dijo que estaba embarazada —le dije en un susurro.
El sólo asintió.
Las siguientes palabras salieron de mi boca antes de que pudiera morderme la lengua.
—¿Estás seguro? —sus ojos se abrieron de sorpresa y enfado, como si mi pregunta lo ofendiera.
—Sí —dijo con la mandíbula tensa.
Ninguna explicación más, nada. Un simple Sí.
—Esto… —me mordí el labio—, supongo que esto cambia todo.
—Sí —esta vez la palabra estaba llena de dolor.
Me acerqué a él, mis rodillas temblando en casa paso que daba. Me arrodillé junto a él y en un segundo, mi boca tocó la suya. Me parecía que habían pasada años desde la última vez que lo había besado.
Fue sólo un toque. Cuando el levantó su mano y la llevo a mi cintura, yo me retiré. Firme. Segura.
—¿Por qué…?
Levanté una mano y le acaricié la mejilla.
—Adiós, André.
Me levanté y salí del patio con mi cara surcada en lágrimas. No había manera de que yo me quedara a terminar el trabajo por hoy.
Mi profe me vio llegar a la sala de descanso, miró mi cara, y me envolvió son sus brazos.
—¿Puedo irme? —Hipé y volví a hablar —. ¿Por favor?
—Por supuesto que sí.
—¿Puede… —La miré con ojos suplicantes— puede ir a buscar a Patricio Torres? Es interno de medicina, llegó hoy.
—Claro.
Salió de la habitación que ahora estaba desierta, excepto por mí.
Saber que André había estado con Macka durante todo el tiempo que estuvo conmigo, era una cosa. Pero saber que ella estaba embarazada… yo no podía con eso. Yo no podría volver a tocar su piel sabiendo que él iba a ser papá, qué…
Y fue ahí cuando recordé. Ella estaba embaraza, sí, podía estar embarazada, pero ese hijo no tenía por qué ser de André, no tenía por qué ser de él pues, hasta donde yo sabía, Macka lo engañaba.
Y ahora mismo no importaba que yo lo hubiese prometido a Lore que iba a guardar el secreto, ese hijo podía no ser de él.
Salí corriendo como loca hacia el pasillo cuando me estampé contra alguien.
—¡Ay! —unas manos fuertes me sostuvieron para no caerme. Cuando miré hacia arriba vi que era Pato—. ¿Qué pasa?
Me miró extrañado.
—¿Hacia dónde ibas corriendo así?
—Tengo que hablar con André, urgente —Comencé a mover mis brazos para soltarme de su agarre—. Quiero irme, suéltame.
Apretó más el agarre en mis brazos, podría jurar que sus dedos me quedarían marcados.
—Pato, ¡me duele! —Aflojó el agarre pero no me soltó.
—¿Por qué quieres hablar con él?
—Eso no es asunto tuyo, Patricio. Suéltame.
—¿Es que no te parece que ya te ha pisoteado bastantes veces?
¿Qué era esto? Pato siempre había sido demasiado sobre protector conmigo, pero esto era pasarse de la raya.
—¡Oye! —con mis manos golpeé sus antebrazos para que me soltara. Sus ojos se abrieron por el golpe que le di—. No tiene por qué importarte que es lo que necesite hablar con él.
—Chia, no.
—No que vaya a tomar en cuenta tu opinión.
Comencé a caminar y volvió a agarrarme, esta vez de mi muñeca.
—Chia… —su voz era extraña—, Macka está…
—Embarazada— su mano apretó la mía indicándome que le sorprendía que yo supiera. Me gire a verlo—. Por eso necesito verlo, necesito contarle que Macka lo estaba enga…
—¿Por qué mierda Lore te contó eso?
Parpadeé varias veces. ¿Él sabía?
Oh, mierda. Me puse roja de golpe.
—Ella no quería… yo
—Una cosa que le pido y ella no sabe mantener su estúpida boca callada.
—Eh, para. No hables así de Lore —¿Por qué hablaba con tanto rencor hacia mi amiga? Hasta dónde yo sabía, él era el que la había mandado a volar y en base a eso, su reacción no tenía sentido—, no mientras yo esté aquí, es mi amiga y fue tu novia, ¿qué te pasa?
—Eso no importa ahora. Chia —lanzó un suspiro cansado —, no quiero que él se entere así de que Macka lo engaña, menos ahora que esta lo del bebé de por medio.
—Pero él podría no ser el p…
—Lo sé, y sé lo que eso significa para ti, pero déjame ser yo el que le diga, ahora mismo mi amigo podría derrumbarse, aunque tú no lo creas, si sabe que ese podría no ser su hijo.
Me mordí el labio. Necesitaba decírselo.
Pero ahora pensando con más claridad, ¿cuáles eran las opciones reales de que me creyera? Muy pocas.
Y yo no iba a estar haciendo el ridículo, no más.
Con un suspiro de cansancio, me rendí.
—Está bien. Pero si no le dices pronto, hablaré yo.
—Perfecto.
Nos miramos como midiéndonos el uno al otro, el grado de tristeza y enfado que llevábamos dentro. Comencé a ser la Chia de papel de nuevo.
—¿Puedes acompañarme a mi casa? —Le  dije sintiendo que me volvía pequeña e inservible.
Levantó una mano y me acarició la cabeza como si fuese una niña.
—Sabes que sí.
***
Ya en su auto me sentí un poco más segura, no más fuerte, sino que tener a André lejos, después de lo que me había dicho, era mejor. No podía tenerlo cerca, tarde o temprano terminaría diciéndole lo que sabía de Macka y le debía eso a Pato.
Me recosté en el asiento del copiloto dejando que la sueva melodía de The Scientist de Coldplay me calmara.
—¿Puedo preguntarte algo? —Sentí como Pato se puso tenso cuando escucho mi voz, creo que suponiendo lo que venía.
—Tarde o temprano ibas a hacerlo. Dime.
—¿Por qué terminaste con Lore? —giré mi cabeza para poder mirarlo y medir su reacción. Su mandíbula estaba tensa y sus manos apretaban fuertemente el manubrio. No me miró cuando respondió.
—Yo… —doblo su cuello hacia la derecha y hacia la izquierda, cosa que siempre hacía cuando estaba incomodo —, ya no estoy seguro de lo que siento por ella.
Mi boca se abrió todo lo que era posible.
—¿Qué?
—Así. —Tamborileó sus dedos sobre el cuero del manubrio.
—¿Cómo puedes... cómo puedes dejar de querer a alguien de un día para otro?
Sus dedos se quedaron quietos y me dio una mirada de lado. Una mirada de reproche. Me arrepentí de lo que había dicho al instante de que las palabras salieron de mi boca.
—No es que la haya dejado de querer. Aún la quiero. Sólo que no sé si la amo.
Miré al frente durante mucho rato, tratando de, en mi cabeza, armar de la mejor manera la pregunta que quería hacer para que no lo tomara a mal.
—¿Por qué? —le dije cuando faltaba poco más de diez minutos para llegar a mi casa.
Giró su cabeza para mirarme directo a los ojos. Detuvo el auto en una esquina y se giró por completo. No me habló.
—¿Por qué? —volví a preguntar.
—Conocí a alguien.
—¿Engañaste a Lore? —le dije en con voz ahogada.
El asentimiento que hizo con su cabeza fue casi imperceptible. La ira me tomó por completo y le di un puñetazo, bastante fuerte para provenir de mí, en su antebrazo.
—¡Eres un imbécil!
No me dijo nada, no me increpó por el golpe ni se enojó. Él había caído bajo, muy bajo. Él no era distinto de todos los hombres que yo conocía. Para mí era casi como… el hombre perfecto; ese que es tierno, te escucha, te protege, te anima, te hace reír, te deja llorar, confía en ti, es detallista… ese que lo es todo. Pero era igual a todos.
—Chia...
—¡Eres increíble! —No podía creer esto —. No puedes decirle a Lore. Nunca. Se moriría, lo sabes, ¿Verdad? No puedes decirle lo que hiciste.
—No se lo diré.
—Promételo.
—Chia, no tengo porque prometerte nada.
—¡Promételo!
—Yaaa. Lo prometo.
Volví a apoyar mi espalda en el asiento, recién dándome cuenta de que todo este tiempo estuve inclinada sobre Pato como un león al acecho de su presa. Se lo merecía, eso y más.
Lancé otro suspiro, estaba agotando mis reservas de ellos, y volví a mirarlo.
—¿Ni siquiera te arrepientes?
—Estoy  confundido. Por eso terminé con ella.
—Eso no es una respuesta.
—No, Chia. No.
—Espero que cuando te arrepientas, Lore ni te tome en cuenta. Merecido te lo tienes —levanté mi mano y lo apunté con un dedo —. No eres mejor que Ignacio, ni que André. Eres igual a todos. —Bajé mi dedo acusatorio y miré hacia afuera.
Se quedó en silencio  sólo unos momentos y echó a andar el auto de nuevo.
Cuando sólo faltaba una cuadra por llegar a mi casa,  la música de mi teléfono rompió el silencio. Miré la pantalla y maldije por lo bajo. Miré a Pato silenciándolo con la mirada y contesté.
—Lore.
—Chia, ¡al fin! Me tenías tan preocupada, ¿Por qué no contestaste ayer?
—Yo… no quería hablar, eso es todo —Me mordí el labio sintiéndome mala amiga —. ¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? ¿Y me lo dices tan tranquila? ¡Ayer con Marce no podíamos pegar ojo! Pame nos llamó, casi con un ataque de nervios, diciéndonos que Macka…
—Sí, sí. No necesito que lo repitas —cerré los ojos cansada. Parecía que iba a tener que recordar esa escena aunque no quisiera —. Es verdad.
—Pero, ¿qué se cree? ¡No tiene derecho a reclamarlo! Por el amor de Dios, ella ha sido una verdadera zorra. Lo engañó y ahora viene a marcar terreno. No puedo creerlo.
—Lore…
—¿Qué?
—Macka está embarazada.
Mi amiga permaneció en silencio por lo que permaneció una eternidad.
—Oh —podía sentir los engranajes de su cabeza moviéndose —. ¿Es… es de él?
—No lo sé —le dije en un susurro —. Con todo mi corazón quiero que no, pero no tengo idea.
—¿Quieres que vaya a tu casa?
—Por favor. Ahora mismo no quiero estar sola.
Una vez más, volvía a ser la Chia miserable, esa que no podía sostenerse en pie. Lo sucedido ayer, el hecho de que Macka estuviese embarazada era… demasiado. Yo no podía estar sola hoy, no teniendo en cuenta el pseudo ataque que me había dado ayer noche. Hoy sí que podíamos sentirnos miserables juntas.
—Llegaré en unos treinta minutos —sentí como cubría el auricular con su mano mientras hacía algo —. Y Chia… gracias.
—¿Por qué?
—Por no dejar que me hundiera.
Me reí. Una risa temblorosa pero risa al fin y al cabo.
—Insisto, no tienes por qué darme las gracias. Somos amigas y para eso estamos.
La sentí reírse y luego dijo adiós. La línea se cortó y yo me quede mirando el teléfono. Ella era la persona más amable que pisara la tierra, era buena, entregada, caritativa… y la habían engañado. Definitivamente a la gente buena no le suceden cosas buenas.
Cerré mi celular y lo tiré a mi bolso. Tomé la manilla de la puerta sin siquiera despedirme de Pato y comencé a abrirla para bajarme.
—¿Puedo pedirte un favor?
Di un respingo. Seguí dándole la espalda.
—Eso depende.
—¿Puedes decirle a Lore que… que lo siento?
Casi podía sentir que Pato se arrepentía, aunque él dijera que no. Eran más de tres años juntos, millones de cosas compartidas, amor grande, proyecciones… todo. Y sabía perfectamente que entre ellos la relación no era por costumbre, ellos en verdad se querían. Quieren, me corregí inmediatamente.
—Yo… —No podía decirle que no, no si me lo pedía con esa voz —. Ok, yo le digo. Pero, que conste. Aún pienso que cometes un error gigantesco y que cuando te des cuenta, será demasiado tarde.
Susurró un escuálido “no lo creo”  mientras me bajaba del auto.
Esperaba, sinceramente y con todo mi corazón, que se enredara en sus palabras y que se arrepintiera de hacerle todo ese daño a Lore.
Cuando entré al hall de mi edificio, mi mirada se dirigió directamente a uno de los sofás que había cerca de la recepción.
De todas las personas que conocía, justo ahora, no me hubiera esperado verlo ahí. Pero, de nuevo, él y yo teníamos un radar; si yo sufría, él aparecía. Si él sufría, aparecía yo.
—Eh, ¡Joaco!
Se levantó como un resorte de su asiento y fue corriendo hasta donde estaba yo. Sin decirme nada y tomándome totalmente por sorpresa, puso sus brazos a mi alrededor y me abrazó con fuerza, como si fuera a evaporarme de un momento a otro.
Me quedé congelada, esa electricidad que siempre nos rodeaba cuando nos tocábamos se hizo más presente que nunca y me noqueó. E increíblemente, me tranquilizó, más que cualquier palabra o gesto que alguien hubiese hecho. Él sabía a la perfección como calmarme.
Pero eso calma duro sólo segundos, después de todo, sería ingenuo de mi parte pretender que todo el dolor que sentía se fuera en cosa de un parpadeo.
Acurruqué mi cara en su hombro y rompí a llorar.

Veinticinco


“Corazón Perdido.”


Cerré la puerta de mi departamento y me desplomé contra ella. Esto era demasiado. Que me engañaran una vez… no lo entendía pero con el paso del tiempo lo terminé aceptando. ¿Pero una segunda? ¿Qué cosa tan terrible había hecho para merecerme todo esto?
Yo era buena, de esas personas que se alegran por los logros de los demás, ayudan a la gente aunque no las conozcan, nunca esperan nada a cambio, se dan por completo… yo era de esas personas que casi no quedaban. Me lo decían una y otra vez.
Se supone que a la gente buena no le pasan cosas malas.
¿Por qué mierda entonces sentía que me iba a morir?
Con mi espalda apoyada en la puerta de entrada traté de calmarme, la pena, la desilusión y sobre todo, la vergüenza y la rabia corrían por mis venas como un ejército de locos.
Necesitaba golpear algo, romper cosas, gritarle a alguien… necesitaba sacar todo lo que estaba sintiendo. Viví una vez guardándome todos mis miedos dentro y fue lo peor que he sentido en toda mi vida. Ahora sentía que el miedo y el dolor eran veinte mil veces más grandes que la vez anterior. Si no los dejaba salir, me matarían, tan simple como eso.
Sentí la vibración de la madera en mi espalda mientras alguien al otro lado de la puerta golpeaba y pedía entrar.
—Chia. —Golpes, golpes, golpes—. Chiquita, déjame entrar.
La voz de Ignacio se escuchaba distorsionada, como si la hubiese sintonizado en la frecuencia incorrecta.
Ahogué todos los sollozos y me quede quieta contra la puerta, ni siquiera respire.
—Chia, abre. Sólo quiero ver cómo estás.
En vano negaba con la cabeza una y otra vez, no servía de nada responderle así, Ignacio no me vería, pero me daba lo mismo, quería que se fuera, que me dejaran tranquila.
Lo escuché suspirar pesadamente y golpear una última vez la madera. Sentí sus pasos, arrastre de zapatos son el piso, alejarse.
Sintiéndome en menos peligro, seguí llorando.

Perdí absolutamente la noción del tiempo: Tenía las piernas entumecidas, mis brazos helados y sentía mis ojos hinchadísimos, tan hinchados al punto de que no los podía abrir. La punta de mi nariz se sentía caliente, probablemente estuviese roja y mi cara llena de manchas rojas y blancas. Mis labios estaban rotos de morderlos para ahogar los sollozos, mis uñas estaban marcadas en las palmas de mis manos, un poquito de sangre saliendo de las heridas.
Me obligué a levantarme, mi cabeza se sentía pesada y no podía apoyar bien los pies. Como pude caminé hacia mi cuarto y me desplomé sobre la cama, el frío invadiendo cada pequeña esquina de mi débil cuerpo. Comencé a temblar, temblores grandes y feos.
Sentí mis dientes castañear y mis músculos tensarse a medida que los temblores iban creciendo, sentí la espalda rígida y dolor en cada una de mis extremidades. Los espasmos seguían creciendo.
—¡Hija!
Sentí el grito desesperado de mi mamá, sus manos aferrándome, tratando de voltearme en la cama.
Sólo sentir sus manos en mí, su preocupación, su cariño incondicional de madre, hizo que los espasmos se calmaran un poco.
—Mi niña, ¿qué pasa?
Veía, a penas a través de mis hinchados parpados, a mi mamá con su cara deformada por el miedo, tratando de despejar mi vía aérea.
La sentí levantar mi cuello y poner un almohadón para despejar mi garganta. La oí salir de la habitación y volver corriendo a los pocos segundos. Sentí que levantaba la manga de mi polerón y un pinchazo pequeño de dolor llegaba a mi brazo derecho.
La reacción al tranquilizante fue inmediata, mis músculos se sintieron relajados y mi mente flotaba como si pisara nubes. Ya no habían espasmos, sólo unos horribles sollozos que seguían saliendo de mi pecho sin darme cuenta.
Mi mamá me tomo la mano para medir mi pulso, sentí que estiró mi piel y chasqueo con la lengua.
Sólo escuché la palabra deshidratada y mi mente, aún borrosa, no podía creer que por un poco de lágrimas hubiera llegado a ese estado.
Suministros médicos y/o enfermeros sobraban en esta casa,  era probable que incluso abundaran más que la comida, por lo que mi mamá llego a los pocos minutos con su bandeja —un buen médico siempre está preparado— y me instalo una intravenosa para poder administrarme el suero.
Ridículo.
Se acostó a mi lado y comenzó a cepillarme el pelo con sus manos, tarareando esa nana francesa que tanto me calmaba.
—¿Qué pasó mi amor? —Me dijo con la voz quebrada.
Me acurruqué a su lado como si tuviera cinco años y acabara de despertar de una pesadilla especialmente mala.
Me demoré en responderle, no sabía que decir en una frase que explicara todo lo que sentía para que no me preguntara más, al menos no por hoy.
—Siento como si… me hubiesen arrancado el corazón de cuajo —le respondí en un susurro.
—¿André? —preguntó en tono acusatorio.
Yo sólo moví la cabeza asintiendo. No quería hablar más, no al menos por hoy.
Me agarré a la ropa de mi mamá como si fuera un chaleco salvavidas y me dormí entre saltos.
***
Desperté en medio de la noche, desorientada y adolorida. El dolor en el pecho tardó en llegar un segundo para recordarme todo lo que había pasado, todo lo que estaba pasando.
Mi mamá ya no estaba conmigo. Agudicé el oído y sentí que la casa esta completamente en silencio, excepto por los ronquidos de Manu que venían del final de mi cama y otro sonido más. Un incesante sonido de un teléfono vibrando sobre madera. Mi teléfono.
Me levanté despacio, tratando de descifrar de dónde provenía el sonido. Descubrí el teléfono sobre mi escritorio. Lo tomé cuando aún estaba sonando. La pantalla me informaba que eran las doce y media de la noche y que era Lore quién me estaba llamando. Dejé que siguiera sonando, por ahora prefería no hablar con nadie, y ella también debía estar retorciéndose en su dolor, por más que la necesitara ahora sabía que teníamos que darnos espacio mutuamente y sufrir lo que debíamos sufrir cada una por su lado. Potenciarnos no nos haría ningún bien.
Cuando mi amiga colgó, comencé la inspección de mi teléfono: Había millones de llamadas perdidas de Lore, muchas de Ignacio y de Marce, algunas de Ernesto y de Pame y sólo tres de André. Ver su nombre ahí hizo que mi corazón se apretara y las lágrimas comenzaron a correr nuevamente por mi cara.
Vi que en la pantalla había un sobrecito avisándome que tenía mensajes sin leer. Temerosa, abrí el buzon de entrada y miré: Había dos mensajes, uno de André y otro de Rossy.
El de André lo borré inmediatamente, cualquier cosa que dijera me haría llorar y sufrir más, fueran explicaciones o lo que sea, sólo serviría para hacerme sentir peor, aun mas engañada y usada de lo que ya me sentía. Lo único que me haría sentir bien era que me dijera que era todo mentira y que Macka se lo había inventado todo, pero sabía muy bien que eso no iba a pasar.
Abrí el mensaje de Rossy intrigada, no sabiendo bien que diría: No éramos tan unidas como para que me dijera un “estoy contigo” o algo así, y mucho menos durante los últimos meses, pero la gente siempre apoyaba a otros en situaciones como estas, sobre todos las mujeres, que se ponían en el lugar de quién sufría.
Pero cuando abrí el mensaje de Rossy, me quede hecha un cubo de hielo. Pestañeé, incrédula, como si el mensaje fuera a cambiar sus palabras si yo parpadeaba. Obviamente, no lo haría.
El que ríe último, ríe mejor. Disfruta esto, perra.
Con esto, me quedaba absolutamente claro quién había sido la persona que le fue con el cuento a Macka, la que se había encargado de, literalmente, arruinarme la vida.
Jamás debí quedarme tan tranquila cuando Rossy comenzó a demostrar interés por André, sabía muy bien que ella podía hacer algo ridículo por quedárselo… ahora sabía bien que no había limites en la cabeza de esa mujer. Era retorcida y cruel, demasiado.
Me senté en mi cama mareada, aun sin poder creer lo que habían leído mis ojos, aun procesándolo, no queriendo creerlo.
La misma pregunta volvió a rondar mi cabeza. ¿Qué cosa tan mala había hecho en mi vida para merecerme todo esto?

Me obligué a levantarme de la cama, mi corazón sintiéndose cada vez peor mientras recordaba las palabras de Macka, su cachetada, la vergüenza que me hizo pasar, los ojos de André mirándome sin decir nada, y las palabras del mensaje de Rossy. Decir que no estaba pasando por mi mejor momento era decir poco.
El día siguiente era día de consultorio y, una vez más, por peor que me sintiera, por más destrozada que estuviese por dentro, no podía faltar a mi práctica. Ni siquiera era por no quedarme atrasada, que fue por lo que seguí yendo a clases luego de terminar con Ignacio, sino porque faltar al Consultorio significaba la reprobación inmediata de mi ramo de carrera y, con eso, atrasarme todo un año. Todo un año perdido. No podía dejar que, además de mi dignidad, mis ganas de reír y mi fuerza, André se llevara también eso.
Preparé minuciosamente mi uniforme, lo limpié y lustré mis zapatos, lo que fuera para sentir que podía seguir moviéndome. El pensamiento de que mañana, si o si, me encontraría con André en el consultorio, me dejaba las venas sin sangre, completamente helada, pero al menos, tendría a Matías como guardaespaldas. Saber eso me tranquilizaba un poco.
Puse el despertador a las seis de la mañana, y, vestida como estaba, me acosté, tratando de conciliar el sueño mientras lágrimas seguían deslizándose por mis mejillas. Creí que nunca dejaría de llorar.

A la mañana siguiente, después de una de las peores noches que he tenido, incluso antes de que sonara mi alarma, sentí a mi mamá entrando a mi cuarto. Se sentó a mi lado y me meció suavemente, despertándome.
—Estoy despierta —le dije en un susurró.
—¿Lograste descansar algo? —Me giré para verla, sus ojeras y arrugas surcando su cara más que otras veces, la preocupación en sus ojos era clara. Mi estado le asustaba, mucho.
Negué con la cabeza mientras cerraba los ojos tratando de detener las lágrimas que amenazaban con salir. No quería que me viera llorar apenas despertaba, no quería preocuparla más.
Mi alama comenzó a sonar sobre mi velador, mi mamá la miró extrañada. Estiré mi mano y la silencié.
—¿Por qué la pusiste tan temprano?
—Tengo Consultorio, no puedo no ir.
Mi mamá dejo salir un suspiro de frustración, como sabiendo el esfuerzo que significaba para mi tener que ir ahí, no sólo por el hecho de verlo, sino porque tenía que estar prácticamente ocho horas corriendo de un lado para otro y sentía que no tenía fuerzas para soportar todo el día trabajando.
—¿Vas a verlo? —preguntó mi mamá como temiendo asustarme. Una lágrima rebelde corrió por mi mejilla y ella la secó. Asentí con la cabeza. Arrugó el ceño enojada, lo que me arrancó una débil sonrisa—. ¿Puedo saber que pasó?
El miedo me nubló la mente. Tener que explicárselo a ella lo haría todo más real, le terminaría dando el peso que en verdad tenía y terminaría de romperme por dentro, terminaría cortando los últimos trozos que me mantenían en pie. Contarle a mi mamá lo hacía todo más horrible.
Negué con la cabeza mientras comenzaba a llorar de nuevo. No me sentía más fuerte que un trozo de hoja, un viento suave podría mandarme volando lejos, me sentía… nada.
—Shhh. —Mi mamá me acariciaba el pelo y me calmaba—. No tienes por qué contarme nada, tranquila. —Inclinó su cabeza y me dio un beso en la frente—. Sabes que cuando estés lista puedes hablar conmigo. —Miró el reloj de su muñeca—. Tengo que irme ya, dejaré agua hervida para que te tomes un café.
Salió de la pieza lentamente, dejándome ver el miedo que le daba dejarme sola por hoy. Sacudí mi cabeza sintiéndome inútil.
Una vez más, me obligué a levantarme. Manu movió su cabeza adormilado y rasqué sus orejas, su colita se movió tiernamente como infundiéndome ánimos. Entré a ducharme, apoyé mi espalda contra las frías baldosas de la ducha y deje que el agua cayera sobre mí. El solo movimiento de levantar mis manos y frotar el shampoo en mi pelo me cansaba como si estuviese corriendo una maratón.
Me demoré más que nunca en terminar la ducha, todo movimiento que hacia parecía durar el triple de lo que duraba siempre. Ni siquiera me molesté en secarme el pelo, lo até en una cola rápida y puse unas horquillas en los mechones rebeldes, coger una Neumonía parecía una buena opción en estos momentos.
Viendo en el espejo cómo mis ojos seguían hinchados, mi cara llena de manchas y mis labios aun con marcas de las mordidas de anoche, parecía como si me hubiesen dado una golpiza grotesca. Tomé mi maquillaje y traté de arreglar mi cara lo mejor que pude. Cuando terminé, había una gran diferencia entre la Chiara que se despertó y la Chiara que ahora miraba el espero. La única cosa que seguía igual, era la mirada de dolor y profunda pena en mis ojos. Suspiré pesadamente, sabiendo que eso no se iría ahora ni nunca.
En la cocina saqué mi vaso térmico y me serví un café extremadamente cargado. Cambie el agua y la comida de Manu y le deje una nota a Leti, la señora que hacía el aseo de la casa, de que por favor sacara a darlo una vuelta.
Salí de la casa a las siete y cuarto, justo para tomar el bus y llegar a la hora a mi práctica.
Ya sentada, mi corazón se agitaba cada vez que veía que alguien se subía, pensando que iba a topármelo como tantas otras veces. El sólo recuerdo de los viajes, las risas, los besos, los abrazos, sus sonrisas, sus ojos, hacía que mis ojos se llenaran de lágrimas pero me negué a llorar.
Cuando me bajé del bus, me quedé de pie, quiera durante unos momentos, preparándome mentalmente para verlo, para negarme a hablarle y, por sobre todo, negarme a llorar con él cerca.
Pero cuando llegué a la entrada del consultorio y lo vi apoyado en la entrada, con ojeras en sus ojos y haciendo círculos en la tierra con sus zapatos, todo pensamiento desapareció de mí excepto uno: salir corriendo.
Levantó su cabeza cuando sintió mi mirada gélida sobre él y sus ojos se abrieron de par en par. Abrió y cerró su boca un par de veces antes de comenzar a caminar hacia donde yo estaba. Mi mente le rogaba a mis pies que avanzaran y entraran al consultorio, que si me quedaba ahí mi corazón volvería a romperse pero mis pies estaban sordos, se negaban a moverse.
Sentí una brisa a mi lado cuando alguien paso corriendo y un inconfundible sonido llenó mis oídos.
—¡André!
Rossy pasó corriendo por mi lado hacia donde estaba André, aferrando su brazo y marcándolo como propiedad privada. Mi corazón se hundió hasta mis pies. Él no hizo nada por correrla.
—Rossy —le dijo en una voz que dejaba claro que no la quería allí, pero como él no la corría, ella ni se inmutó
—¿Qué haces aquí? —le dijo ella moviendo su pelo de un lado a otro—. Esta helando, entremos.
André volvió a cerrar y abrir su boca pero no dijo nada, Rossy lo arrastró hacia dentro y él ni siquiera volteó a mirarme. Rossy, en cambio, giró su cabeza y una sonrisa de ganadora se expandió por toda su cara.
Ahora, más que sentir pena, sentí que estaba furiosa. De verdad enojada.

Entre hundiendo los pies en el piso, furiosa, enajenada, con la cara roja. Cuando mi profesora de Campo Clínico me vio llegar, abrió sus ojos de par en par y su boca cayó hasta el piso.
—Chiara, ¿qué te pasó?
La miré cansada, me encogí de hombros.
—Mejor no pregunte, Profe.
—¿Te sientes bien?
Sus ojos me miraron como miraría una mamá a su hija pequeña que está enferma, ella sabía, o intuía mejor dicho, lo que me había pasado, así que le di la respuesta más simple.
—No. Pero me quedare aquí porque es mejor que estar llorando en mi cama.
Seguí de largo hasta los casilleros donde abrí uno y comencé a guardar mis cosas.
—¿Chia? —Me giré para ver a Liz, una de mis compañeras de práctica—. ¿Es verdad lo que anda diciendo Rossy?
Me quedé congelada, la sangre abandonó mi cara.
—¿Qué está diciendo?
Se mordió el labio antes de responder.
—Que te metiste con André aun sabiendo que tenía novia. —Dejé escapar un suspiro de angustia y me deje caer en una silla. Liz tomó otra y se sentó a mi lado.
—No estabas en la Uni ayer, ¿verdad? —Negó con su cabeza.
—Tenía doctor, ¿por qué?
Tomé aire, muchísimo aire.
—Yo no sabía que él tenía novia… o sea, antes si lo sabía, pero después me dijo que ya habían terminado…
—Y tú le creíste. —Me encogí de hombros.
—Como toda una estúpida. Y resulta que ayer se aparece su novia y me llenó de palabrotas en la Uni, cuando yo no tenía idea… fui tan víctima como ella.
Si había algo que me gustaba de Liz, era que cuando se acercaba a preguntarte cómo estabas o a preguntarte que había pasado, no era para satisfacer esa cuota de chismes que todos llevamos dentro, era porque realmente se preocupaba por la persona. Era una de las personas más simples y buenas, realmente buenas, que yo conocía.
Alzó su mano y la apoyó en mi brazo, ese sólo toque haciéndome sentir mucho mejor, como si me dijera “tranquila, yo estoy contigo.”
La puerta se abrió de golpe cuando entro Rossy, con toda su altanería y su sonrisa estúpida en la cara. La rabia volvió a consumirme.
Me puse de pie en dos segundos.
—¿Se puede saber por qué lo hiciste? —le dije taladrándola con la mirada, tratando de que mis ojos le demostraran cuando la aborrecía en estos momentos. No éramos amigas, no en el estricto sentido de la palabra, pero si se podía decir que había una especie de camaradería entre nosotras. No podía creer que hubiese caído tan bajo por un hombre.
—Yo no soy la que le anda levantando el novio a otras personas. —Enfurecida di un paso hacia adelante, pero ella ni siquiera se inmutó—. ¿Enojada, Chia? ¿La verdad duele? Ser una zorra puede no parecer tan difícil, pero si quieres comportarte así, debes saber que hay consecuencias… o gente a la que le gusta hacer justicia.
—Tú no… —Respiré hondo tratando de calmarme, la adrenalina corría por mis venas, cada musculo de mi cuerpo tensándose en preparación para llenarle la cara de golpes. O al menos tirarle su pelo—. No tienes idea. ¡Yo no tenía idea que él tenía novia!
—Ay Chia por favor, a otro con ese cuento viejo y usado. Todos saben que eres una arpía.
Comencé a hiperventilar. Estaba tan enojada que podría jurar que mi visión se tornó un poco roja, y que Rossy casi tenía un punto negro de tiro al blanco justo en el centro de su frente.
—Aun si fuera una… zorra —le dije escupiendo la palabra—, ¿qué derecho tenías para meterte en mi relación?
—Chia, esa relación fue una farsa desde el comienzo, yo sólo hice que ambos se dieran cuenta. —Hizo esa sonrisa de suficiencia de nuevo—. Además, debo simpatizar con las mujeres a las que se les engaña.
Y diciendo esto salió del cuarto, casi escuchaba la risa de Cruela de Vil mientras ella salía de la habitación.
Liz, que había escuchado todo en silencio, se acercó a mí de nuevo.
—No la escuches Chia. Todos han visto como Rossy miraba a André cuando estaba contigo, nadie se tragara lo que está diciendo. —Hizo una pausa—. Además, tú le caes mejor a la gente.
No pude evitar darle una sonrisa ante ese último comentario.

La guinda de mi día perfecto lo tuve cuando salí, junto con Liz, hacia la sala de reuniones, en donde estaba mi profesora y las enfermeras de planta para informarnos de las actividades que realizaríamos ese día.
Al comienzo fue lo típico de todos los días “Recuerden el uso de pinzas al desmontar las jeringas, el relleno de las fichas de enfermería, el reparto de pacientes”, bla, bla, bla.
El cambio llegó cuando comenzaron a hablar de repartirnos y ayudar a un doctor durante todo el día.
—¡¿Qué?!
Sé que mi voz sonó al menos tres octavas más alta de lo normal, todos se giraron a mirarme.
—¿Sucede algo Srta. Antúnez?
Pestañee hacia la enfermera Jefe y le sonreí.
—No, nada. Disculpe.
Hizo rodar sus ojos como señal de exasperación. Continúo.
—Entonces, las divisiones serán las siguientes: Matías Torres y Martín, Patricio Torres y Fonseca… —Espera, había dicho ella ¿Patricio Torres? ¿Qué hacía Pato aquí? Me quede mirando a la enfermera con ganas de interrumpirla pero ella jamás me miró—, Blanco y Andrade,  Madariaga y Antúnez,
Me quede congelada. Oh, mierda. Mierda, mierda, mierda. Santa mierda.
Esto era demasiado, ¿todo un día se seguir a André como un perrito faldero? ¿Era una especie de broma?
Liz me miró preocupada.
—Liz —la llamé en un susurro, ella inclinó su cabeza hacia la mía—. ¿Podemos cambiar?
—Nada de cambios Chiara —dijo mi profesora a cargo. Cuando vio mi cara de pena, añadió un rápido “lo siento”.
Perfecto. Simplemente perfecto.
Salimos de la sala en dirección al sector uno, donde estaban esperándonos los médicos. Cuando íbamos llegando, divisé a Pato que miraba en mi dirección viéndose incómodo. Ni siquiera me fijé en André, tenerlo aquí podía servir para desviar mis pensamientos un poco y, finalmente, averiguar qué había pasado con Lore.
Se adelantó unos pasos hasta encontrarse conmigo. Me envolvió en un abrazo gigante y apoyó su cabeza en mi hombro. Verlo así me dejo noqueada.
—Oye, hombrecito, ¿qué pasa?
—Simplemente estoy cansado.
Capté la mirada de André fija en mí y en Pato con el ceño fruncido. Traté de no mirarlo.
Levanté mi brazo y le di palmaditas protectoras a Pato en su espalda. Verlo así lo hacía parecer un niño pequeño asustado e indefenso. No estaba acostumbrada a verlo así.
Nos separamos y caminamos hacia donde estaba el resto del grupo. André se puso discretamente a mi lado.
—Juntos todo el día, ¿no?
Me obligué a seguir con la mirada pegada en el suelo y no mirarlo, mi corazón obviamente comenzó a latir desaforado.
—El destino es cruel —le dije resentida.
Señas llamaron mi atención de un grupo frente a mí: Matías movía sus manos exageradamente tratando de hacer que lo mirara.
—¿Quieres que cambiemos pareja? —gritó, sonriendo.
Mis ojos se iluminaron esperanzados, hasta que recordé las palabras de la profesora Gaby diciéndome ”los cambios no están permitidos”. Iba a decírselo pero André se me adelantó, con cara de petulante.
—No hay cambios —dijo André mirando a Matías con cara de pocos amigos, poniéndose más cerca de mí, nuevamente marcando su territorio. Comencé a enojarme nuevamente, él no tenía ningún territorio que marcar.
Me gire bruscamente y lo encaré.
—Sólo sigo aquí porque no puedo cambiar, pero créeme que si pudiera hacerlo, lo haría. Entre más lejos este de ti, mejor para mí.
Me miró sorprendido, como si no creyera que yo, que me veía tan pequeña, poca cosa, pudiera estar diciéndole esas cosas.
Yo podía tener el corazón destrozado por dentro, pero él ya había jugado las suficientes veces conmigo. Y si tendría que aguantar todo un día de seguirlo como perrito faldero, la máscara de “chica agresiva” era la mejor que podía usar.

Veinticuatro


“Este tu debut, tu despedida.”

Me quedé mirándola con cara de escepticismo, como si me estuviese hablando en un idioma que yo no conocía.
—¡¿ES QUE ACASO ESTÁS SORDA?!
Parpadeé y la miré, tratando de buscar las palabras. Mi cuerpo entero estaba paralizado al igual que mi lengua, paralizado de miedo. Ella se veía gigante a mi lado, gigante y enajenada.
—Yo…
—¿Tú qué? ¿Me vas a decir que él te buscó? ¡Eres una estúpida!
Levantó su mano para golpearme de nuevo pero me moví en el último minuto y su mano pasó rozándome.
—Yo no he hecho nada —le respondí en un susurro—.Yo pensé…
—Oh, ¿piensas? —Me miró sarcásticamente y comencé a temblar. Se acercó hasta casi golpearme con su cuerpo—. NO.TE.VUELVAS.A.ACERCAR.A.MI.NOVIO.
Se dio media vuelta y salió del pasillo hacia la escalera.
Ella se fue y las lágrimas me nublaron la visión. Nadie dijo nada, había un silencio absoluto en el pasillo.
A lo lejos escuché como cada profesor pedía a sus alumnos que entraran a sus respectivas clases. Mis rodillas flaquearon y tuve que sostenerme de una de las paredes.
—¿Chia? —Levanté mi cabeza para ver a Ernesto mirándome con cara de preocupación extrema—. ¿Qué fue todo eso?
Comencé a sentir como un pitido sonaba en mis oídos, se me nubló la vista y esta vez no fue por las lágrimas, sentí como se movía todo lo que veía.
Antes de que pudiera responderle a mi amigo, me desmayé.

Cuando abrí los ojos mi cabeza me dolía muchísimo. Me llevé una mano al lado izquierdo de mi cráneo sólo para darme cuenta de que tenía una hinchazón enorme. Solté un gemido.
—¿Chia?
Giré mi cabeza para ver que Ignacio estaba sentado a mi lado. Abrí los ojos lo máximo que podía y casi le grité.
—¿Qué haces tú aquí?
Sus ojos me miraron con pena, como si esperara que lo recibiera con los brazos abiertos o algo así. No es que no lo quisiera, lo quería, no como antes pero si como un amigo, pero verlo aquí había sido desconcertante.
—Vi la escenita desde mi sala. —Cerré mis ojos ante sus palabras. Los recuerdos de lo que había pasado me golpearon fuerte y sentí como mi corazón comenzó a sangrar por dentro—. Cuando te desmayaste fui corriendo a buscarte porque aunque esto —hizo un circulo como abarcando todo el campus—, esté lleno de profesionales de la salud, todos se quedaron pasmados viéndote en el suelo hasta que salieron de su ensimismamiento—. Me miró con ojos tristes—. ¿Cómo te sientes?
Me encogí de hombros, no le dije nada.
Soltó un suspiro pesado, casi molesto y se levantó.
—Pame está esperando afuera, iré a decirle que entre.
Se fue arrastrando los pies, como si fuese una verdadera tortura para él salir de aquí. Podríamos cambiar puestos y que él sintiera lo que yo ahora, a ver si aún podía caminar después de eso.
—¡Chia!
El grito de Pame retumbó en mi cabeza.
—Baja la voz —le dije en un susurro.
—Amiga, ¿cómo estás? ¿Te duele algo? —Se sentó en la silla a mi lado y siguió hablando—. No puedo creer lo que pasó, ¿cómo se le ocurre a esa loca venir aquí a decirte esas cosas? Enferma de la mente, n…
Levanté la mano para hacerla callar. Lo que menos quería ahora era hablar de eso.
Había llegado al punto en que respirar volvía a doler. Sólo de recordar como había estado hace unos meses me daba pánico, saber que estaba en camino de quedar así de nuevo, me aterrorizaba.
—Necesito mi celular.
—Ah, claro.
Pame se levantó y sacó mi celular del bolso que estaba en uno de los estantes. Me lo entregó reticente, sabiendo a quién iba a llamar. Me senté en la cama y estiré la mano para recibir el teléfono.
—Amiga, ¿no crees que será mejor que hablen en persona?
—No. —Abrí mi teléfono y marqué su número—. Necesito aclarar esto ahora, Pame —La miré con los ojos llenos de lágrimas—. ¿No me entiendes? Me estoy ahogando ahora mismo. Necesito saber si de verdad sigue con ella o a esta tipa sólo le dio un ataque de posesión y vino a desquitarse conmigo.
Puse el teléfono en mi oreja mientras sentía mi corazón latiendo a cada tono de marcado que daba el celular. Necesitaba desesperadamente escuchar su voz diciéndome que era todo una mentira, una broma, que él me quería a mí. Pero algo me decía que no era eso lo que iba a escuchar.
No contestó su teléfono. Lo llamé treinta veces, Pame me dijo que eso me hacía ver desesperada pero no me importó, el aire salía corriendo de mis pulmones y yo lo necesitaba a él para respirar bien. La noche anterior me parecía a años luz de distancia, como si hacía semanas, meses que no tocaba su cuerpo. Me estaba entumeciendo de pies a cabeza.
A la llamada número treinta y uno tampoco contestó; esta vez, desvió la llamada.
Me quede congelada con el teléfono en la oreja.
Cerré el teléfono dándome por vencida. Pame me miró con cara de lástima.
Abrió su boca para decirme algo, pero el sonido de su voz quedó silenciado por el timbre de mi teléfono. Miré la pantalla, el nombre de André y una foto nuestra se mostraban en ella.
Con manos temblorosas abrí el teléfono, tomando aire como una manera de darme coraje.
—¿Aló?
—Amor. —Sonaba aliviado—. ¿Qué pasa? Tengo un millón de llamadas perdidas tuyas, me asustaste.
Su voz envió escalofríos por todo mi cuerpo, todos ellos avisándome que el fin de todo estaba a sólo palabras de distancia. Saqué valor del fondo de mi cuerpo, de donde pensaba que ya no quedaba nada.
—¿Es verdad…  —comencé a decirle en un susurró, controlando mi voz lo mejor que pude—, es verdad que... —Tomé aire, mi garganta comenzaba a cerrarse. Terminé la frase en un susurró—, que aún estás con Macka?
Escuché claramente como el aire se quedaba atrapado en su garganta y un silbido de sorpresa salía de sus labios. Esa era precisamente la confirmación que sabía que tendría, aunque deseaba con toda mi corazón que negara todo.
—Chia, yo…
No pudo terminar la frase, ¿qué podía decirme? ¿Lo siento por mentirte dos meses? ¿Por hacerte quedar en vergüenza frente a toda tu Uni? ¿Por romperte el corazón en mil pedazos de nuevo? No creía que fuera a pedirme perdón por nada, la verdad.
—Es verdad. —No fue una pregunta, se lo dije como una aseveración.
—Chia, puedo explicártelo, yo…
—No. —Las lágrimas comenzaron a caer silenciosas por mi cara y tuve que ahogar un sollozo que amenazaba con salir—. Da lo mismo, no quiero escuchar nada.
Cerré el teléfono de golpe y lo apagué. No creía que tratara de llamarme de nuevo, pero era mejor prevenir que lamentar.
En silencio, Pame se sentó a mi lado en la cama y me rodeó con sus brazos.
Y yo, una vez más, me rompí en mil pedazos, segura que ahora no iba a poder juntarlos. Esto dolía más que cualquier herida interna, más que cercenarse un brazo, incluso más que cuando terminé con Ignacio.
La vista se me nubló, veía todo borroso, las caras, todo. No oía nada, lo único que escuchaba eran mis propios sollozos desesperados.
Me quedé dormida apoyada en los brazos de Pame.
Fui consciente de que me movieron de la enfermería, fui consciente también de que el que lo hizo fue Ignacio pues su olor me llenó, escuché voces susurrantes a mi alrededor, comentando la escena que presenciaron en el pasillo supongo, recuerdo que me sentaron en la parte trasera de un auto y, como si todo estuviese repitiéndose de nuevo, me apoyé en las piernas de alguien, no Lore esta vez, sino Pame, mientras me calmaban haciéndome cariños en la cabeza.
***
Cuando llegué a mi departamento, incluso antes de que me bajara del auto, supe que él estaba ahí. Llámenlo intuición, corazón roto sabihondo, o lo que sea, pero todo mi cuerpo se puso alerta sabiendo que cuando me bajara él estaría ahí afuera. Además, Ignacio me lo confirmó.
—¿Qué mierda hace este aquí? —masculló mientras abría la puerta del auto y se bajaba.
Me levanté lo suficiente como para poder mirar por la ventana, mientras Pame miraba hacia la entrada del edificio con ojos de odio.
André estaba apoyado en uno de los pilares, con el ceño fruncido viendo a Ignacio caminar hacia él. Desde dónde estaba no escuchaba qué se decían, sólo veía gestos y podía intuir la tensión que los rodeaba.
Harta de quedarme en el auto viendo como se medían a palabras, me di la vuelta y abrí la puerta para salir.
—Eh, Chia, ¡espera!
Pame bajo del auto también y me agarró del brazo impidiendo que siguiera avanzando.
—No, amiga, no vas a hablar con él.
La miré sin comprender nada. No quería hablar con él, lo único que quería era golpearlo hasta que mis puños se rompieran. Necesitaba sacar la rabia y la pena que tenía dentro antes de que me consumiera.
Me solté con fuerza de su agarre y caminé rápidamente hacia el pilar atrayendo instantáneamente la mirada de André que me miró con ojos de sufrimiento.
—¡Te odio! —le grité cuando llegué a unos pocos pasos de él.
Sus ojos se abrieron a todo lo que daban y le tembló el músculo de la mandíbula. Ignacio se giró para verme, confundido, mientras yo daba un paso más adelante estirando mi brazo, dispuesta a liberar mi dolor en André.
—Eres el peor hombre que….
Estiré mi mano hacia André, pero Ignacio me tomó de la cintura y me apartó de él.
—¿Qué mierda? ¡Suéltame Ignacio! —le dije llorando—. Se lo merece, ¡suéltame!
André me miraba como si fuese primera vez en su vida que me veía. Debía verme como una verdadera loca, pero no iba a parar, goleándolo podía tenerlo cerca sin sentir que me moría.
—Chia, para, estás haciendo el ridículo —me dijo Ignacio entre dientes.
Fulminé a André con la mirada mientras las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas. Ignacio me soltó y me puso delante y muy cerca de él, en caso de que tuviera que agarrarme de nuevo.
André dio un paso vacilante hacia adelante y me quedé inmóvil en donde estaba.
—Chia, por favor, ¿podemos hablar?
—¿Quieres hablar? ¡Hablar! —Un horrible sollozo salió de mi pecho—. Me dijiste que habías terminado con ella, me dijiste que me querías, ¡Te acostaste conmigo! —Sentí como Ignacio se ponía tenso ante mis últimas palabras—. Te pedí que no me hicieras daño. —Se me quebró la voz—. Te lo pedí —le dije en un susurro. Tomé aire—. ¿Sabes lo que hizo tu noviecita? —Negó con su cabeza y yo seguí hablando—. Fue a buscarme a la Uni, me llamó con todos los peores nombres que se te puedan ocurrir, me abofeteó y me dejó en vergüenza en frente de un millón de personas. —La rabia comenzó a crecer dentro de mí de nuevo—. ¿Te importé alguna vez André?
—Por supuesto que sí, mi niña. —Mi llanto se incrementó aún más cuando me llamó así—. Me importas pequeña, mucho. Por favor. —Dio un paso más hacia mí hasta tomar mis manos—. Déjame explicarte.
Sentí como me flaqueaban las rodillas, como mi decisión de patearlo hasta que me cansara se reducía a un mínimo, como mi amor por él crecía cada vez más. Pero esta vez no sólo me había roto el corazón, me había humillado también. Yo no podía seguir siendo una mujer ingenua y manipulable. Esta vez no se merecía poder explicarse, los hechos hablaban por sí solos.
—No. —Tiré mis manos de su agarré y me moví lejos de él.
Se quedó mirándome como si de verdad le costara procesar mis palabras, como si hubiese estado seguro que con sólo un tronar de sus dedos yo volvería corriendo a sus brazos. Estaba muy equivocado.
Corrí hacia la entrada del edificio sintiendo como André corría detrás de mí. Me giré en seco y lo encaré, con suerte logró detenerse y no chocar contra mí.
—¡NO! ¡Déjame en paz!
—Mi niña por fav…
—¡No me digas así! —Más lágrimas caían de mis ojos—. NO.QUIERO.VOLVER.A.VERTE —le dije gritando tan fuerte que pensé que mis cuerdas vocales se rompían—. ¡Nunca!
Supe que esta vez ya no me seguiría por lo que no corrí. Caminé hasta entrar al recibidor de mi edificio, dónde el conserje me miraba con cara de miedo. Pasé de largo hasta los ascensores donde me desplomé contra una de las paredes mientras las puertas se cerraban.
Mi corazón sangró por dentro como nunca lo había hecho.