4 de noviembre de 2012

Veintitrés


“Grita hasta que ya no escuche nada.”


—Chia.
En el sueño, un perro, que no era Manu, me miraba y decía mi nombre mirándome con cara de pena.
—Chia.
Miré al perro sin saber que decirle, estaba en shock de que un perro me hablara.
—¡Chia!
Abrí los ojos de golpe para encontrarme a Lore que estaba de rodillas frente a mí tratando de despertarme.
—¿Qué? ¿Qué?
Miré para todos lados, estiré mi mano hacia mi derecha buscando el cuerpo de André pero me encontré con que no había nadie. Su lado estaba frío.
—Eres peor que un muerto durmiendo —dijo mi amiga mirando el suelo. La miré, se veía más descansada, aunque la pena no se iba de sus ojos. Me senté, dándole gracias a Dios de haberme puesto nuevamente mi pijama ayer en la noche, y me quede mirándola—. ¿Qué?
—¿Cómo te sientes?
Se le llenaron los ojos de lágrimas pero me sonrío.
—No puedo decir que bien, pero creo que mejor que ayer. —Se encogió de hombros y respiró profundamente—. Tiempo al tiempo.
Tomé sus mejillas y las apreté y le moví la cara de un lado a otro.
—Así me gusta amiga, así me gusta.
Comenzó a reírse bajito. Esto era un comienzo.
—¿Dónde está André?
—Tenía turno en el Fricke. ¿No te dijo? —Negué con mi cabeza—. Se fue hace unas dos horas. Dijo que te llamaba.
Sentí como un balde de agua fría caía sobre mí y hacia que mis entrañas quedaran congeladas. Se fue, ni siquiera se despidió.
—No. —Traté de sonreírle a Lore para restarle importancia—. ¿Desayunaste?
—Nop, te estaba esperando. Tengo ganas de algo chanchito, ¿Helado? —Me miró con ojos suplicantes.
—¿Helado? —Miré hacia el velador, donde el reloj marcaba las 10 am—. 10 de la mañana y tú quieres helado —suspiré—. Está bien, helado comeremos.
—Por eso me caes tan bien.
Fuimos en dirección a la cocina a inspeccionar el congelador en busca de algún buen helado. Terminamos encontrando un helado de tres chocolates, perfecto para momentos como este.
Hacia un poco de frío, así que nos enterramos en el sofá, nos envolvimos en una manta y nos pusimos a ver Pretty woman.
Lore comenzó a lagrimear nada más comenzó la película, la dejé llorar todo lo que quiso, tanta animosidad un día después de romper con su novio era demasiado.
Sus ojos hinchados le ganaron, y se quedo dormida mucho antes de que la película terminara.
A las dos de la tarde ella seguía durmiendo pero yo comencé a moverme, tenía clases. No podía faltar, podía conseguir que disculparan a Lore pero yo no me salvaría.
Tenía que pedir refuerzos.
—¿Aló?
—Marce hola.
—Chia, ¿y este milagro? —No nos llamábamos tan seguido últimamente, pero era necesario tenerla aquí ahora.
—Amiga necesito pedirte un favor.
—Dígame.
—Lore terminó con Pato. —Escuché como contenía la respiración y murmuraba un pequeño “qué”—. Y tengo que ir a clases pero no quiero que se quede sola. ¿Puedes…?
—Por supuesto que voy para allá. Salgo ahora mismo.
Suspiré aliviada.
—Gracias, nos vemos en un rato.
—Adiós.
Miré a Lore en el sillón, tan indefensa, como si fuera una niña pequeña. Sacudí mi cabeza enojada, queriendo saber las razones reales de porque Pato la había mandado a volar.
Hombres.
Cuarenta y cinco minutos después, ya bañada, había saqueado el closet de Lore buscando algo que ponerme. Mi amiga tenía bastante más trasero que yo, por lo que ponerme sus pantalones significaba también ponerme un par de almohadillas para rellenarlos.
Tomé mi bolso y fui a sentarme al sillón con Lore que seguía dormida. La moví un poco.
—Amiga.
Parpadeó y cerró los ojos de nuevo.
—Pato —susurró con dolor.
Mi estómago se retorció.
—Lore, soy Chia, despierta.
Un sollozo horrible salió de su pecho y comenzó a llorar con más ganas. La tomé de los hombros y comencé a zarandearla.
Me costó bastante que dejara de llorar desconsolada en sueños. Me daba miedo que el dolor de lo que estuviese soñando la rompiera más de lo que ya estaba.
Cuando abrió los ojos, parecía un gatito asustado y se acurrucó en mi costado.
—Chia —susurró con miedo.
—Tranquila amiga, ya pasó.
Se quedó en silencio unos momentos y luego me miró.
—¿Por qué estas vestida?
—Tengo clases pequeña. —Sus ojos se abrieron de par y trató de levantarse. Se lo impedí—. No te preocupes, yo hablo con la Profe Pati, tú quédate tranquila. Marce viene para quedarse contigo. —Me miró reprochándomelo—. No quiero que estés sola.
—Lo sé —me dijo bajito.
—¿Tu mamá llega hoy verdad?
—Si. —Ella adoraba a su mamá, eran muy amigas y tenerla a su lado sería lo mejor.
—Yo vendré a verte mañana en la tarde, tengo consultorio.
—Bueno, te espero.
Sonó el timbre y me despedí de Lore. No quería dejarla, me daba miedo lo que pudiera hacer, pero sabía que con Marce estaría bien cuidada.
Fui a abrir. Marce venía cargada con una mochila gigante, como si fuera a acampar de por vida aquí.
—¿Y la mochila? —La saludé con un beso en la mejilla.
—Traigo películas, comida, y varias cosas post rupturas —Me dijo con una media sonrisa.
—Perfecto. Yo me voy ahora. Tía Samantha llega hoy en la noche por lo que me dijo Lore, ¿puedes quedarte hasta que llegue?
—Claro. —Marce veía esto como un batalla—. Te llamo cuando ella llegue.
—Gracias Marce, de verdad.
—Para eso estamos las amigas. —Me dijo sonriendo.
La abracé y salí corriendo hacia la Uni.
***
—Profe Pati.
Llegué a la U un poco antes para poder hablar con mi profesora de Farmacología antes de que comenzara la clase. Me miró con una sonrisa.
—Chia, ¿cómo estás?
—Bien, ¿y usted?
—Perfecto, perfecto. ¿Qué necesitas?
Me mordí el labio.
—Profe… es que Lore… —Me miró con cara de no entender de quién le hablaba—.  Lorena Sotomayor. —Soltó un gran “aaah” de entendimiento—. Sé que puede sonar un poco banal para usted, pero ella terminó ayer con su novio, estaban juntos hacía casi cuatro años y está… No pude sacarla de su casa hoy y…
—Entiendo, entiendo. —La miré con los ojos muy abiertos—. No creas que tengo corazón de piedra Chiara, la entiendo. Dile que no se preocupe. Preocúpate de entregarle la materia, la excusaré del examen de hoy.
Momento de sorprenderme yo.
—¿Examen? —Tragué fuerte—. ¿Había examen hoy?
—Por supuesto, Chia —me dijo con una sonrisa malévola.
—Oh, claro.
—Ya, ya. Vamos a la sala.
Comencé a caminar lentamente, directo hacia mi muerte. Había olvidado por completo el examen.
Llegué a la sala y Pame salió corriendo a mi encuentro.
—¿Cómo esta Lore?
La miré perpleja.
—¿Cómo supiste?
—Dani se encontró con Pato ayer en Valpo. Decir que estaba ebrio es poco. Le contó. Faltó poco para que Dani lo golpeara hasta la muerte.
—Bien merecido se lo hubiese tenido —me dijo Dani saludándome.
—Lore está pésimo. Hoy despertó animada, pero eso le duró lo que nos demoramos en ver Pretty woman y comer helado. Se deshizo y le dio una especie de ataque de llanto durmiendo. —Me desplomé en el asiento, cansada—. Fue horrible.
Entró mi profesora en ese momento y todo quedo en silencio.
—Er. —Mi amigo no me escuchaba. Hablé un poquito más fuerte—. ¡Er!
Ernesto se dio vuelta sorprendido.
—¿Qué pasa?
—No sé nada. Sálvame el pellejo, por favor.
—Chiara Antunez —dijo regañándome—. Te ayudo sólo porque eres mi mejor amiga.
Me reí y le di las gracias.
Con la ayuda de Ernesto no fue todo tan terrible, al menos creo que las notas rojas no verían mi promedio, por ahora.
Estábamos en medio de la clase, todos sumamente concentrados, una materia totalmente de chinos, cuando comencé a escuchar unos gritos escandalosos a lo lejos.
Miré hacia el pasillo, pero no vi nada inusual, además de gente corriendo con batas de un lado para otro y estudiantes desparramados en cualquier parte estudiando. El campus en el que estaba mi carrera era sólo para las carreras de salud, era común ver batas, gente estresada, maniacos del café y esas cosas, pero escuchar gritos de odio no era normal.
Agudicé el oído pero no logré distinguir nada.
—¿Qué es eso? —le pregunté a Rossy que estaba a mi lado.
—No sé. —Se encogió de hombros—. Alguna ridícula a la que tiene que haberle ido mal en algún examen.
Nos quedamos en silencio y los gritos volvieron con más fuerza, ahora entendiéndose completamente lo que gritaban a todo pulmón.
—¡PERRA ESTÚPIDA, SAL! ¡¿CÓMO PUEDES HABERME HECHO ESTO?! ¡SAL, IMBÉCIL!
La profesora Pati se quedó callada de golpe y nos miró como si nosotros pudiésemos explicarle lo que pasaba. Todos negamos con la cabeza.
Volví a asomarme, esta vez fijándome en que todos, absolutamente todos los estudiantes se quedaban parados en los pasillos mirando hacia su final.
—¡CHIARA ANTUNEZ, SAL PERRA ESTÚPIDA!
Me quedé congelada en mi puesto, sentí como me bajó la presión sin saber por qué.
Rossy me miró extrañada, al igual que todos mis compañeros. Ernesto, que estaba sentado ahora atrás mío, tocó mi hombro para llamar mi atención.
—¿Qué se supone que es eso?
—No lo sé —le dije con voz asustada.
Los gritos volvieron con más fuerza, mucho más cerca.
—ESTPUPIDA, ¡SAL AHORA!.
¿Quién demonios era la loca que me estaba llamando así?
Busqué con la mirada a mi profesora que me miró interrogativamente.
—No sé qué pasa, Profe Pati.
—Me asomaré a ver —me dijo con una sonrisa tirante.
Mi profesora, y varios profesores y alumnos, comenzaron a asomarse por las puertas y ventanas de las salas de clases para ver qué pasaba.
Ernesto se puso a mi lado para poder comentar los eventos conmigo, pero no le dejé hablarme.
Asomé mi cabeza y me quedé de piedra a ver quién se acercaba a pasos de gigantes buscándome.
Ahí, en todo su esplendor estaba Macka. Echa una fiera. Podría jurar que sus ojos chispeaban odio.
Me sentí pequeña e indefensa.
—Ernesto…
—¿Quién es ella? —preguntó confundido mi amigo—. Jamás la había visto… No, espera. ¿Ella no es la ex de André?
Asentí con mi cabeza, aunque realmente, mi estómago se encogió de dolor y mi corazón comenzó a prepararse para hacerse trizas. Ella no podía venir aquí tan enfurecida si fuera su ex.
Ella… ¿Ellos nunca habían terminado?
Me asomé a la ventana de nuevo, temblaba de arriba abajo, cuando vi que Macka se acercaba a alguien para preguntarle supongo que dónde estaba yo.
Mi corazón se saltó veinte latidos cuando vi que estaba Cristy, una amiga de Tecnología Médica, a la que se acercaba.
¿Cuál es la probabilidad de que pudiera encontrarse justamente con alguien que me conocía? Uno entre cincuenta, por lo bajo. Pero, ¿encontrar a alguien que sabía dónde estaba en esos momentos? Demasiada mala suerte para mí
—Por favor Cristy, no le digas —pedí bajito.
Vi como, para mi terror, Cristy le apuntaba la sala en la que me encontraba.
—Tengo que asomarme —le dije tiritando a Ernesto—. ¿Puedes ir conmigo?
Ernesto tomó de mi mano y me acompañó hacia la salida de la sala. Salí y vi cómo la gente que me conocía me miraba expectante, como si yo fuera a explicarles lo que estaba pasando. Como si yo supiera lo que estaba pasando. O lo que iba a pasar.
Pasé a mi profesora y salí al pasillo, en el momento preciso en el que Macka divisó mi sala.
Dio unos cuantos pasos hasta que me encontró. Y vi como apretaba las manos en puños.
Comencé a temblar muerta de miedo. Ernesto a mi lado no atinaba a hacer nada.
Macka en unas pocas zancadas estuvo frente a mí.
Ni siquiera pude pestañear o correrme, en menos de un segundo su mano se estampó contra mi mejilla y el sonido resonó por todo el Campus, estoy segura. Me pegó tan fuerte que sentí el latigazo de dolor expandirse por todo mi cuerpo, mi cara mirando hacia el lado en vez de mirarla a ella. Mi mejilla punzaba y estaba caliente.
Llevé mi mano a mi mejilla mientras Macka respiraba por su nariz tan fuerte que la hacía parecerse a un toro. Podría haberme reído si no estuviera tan muerta de miedo.
—¿¡CÓMO MIERDA TE ATREVES A METERTE CON MI NOVIO!?

Veintidós


“... Y efecto.”


El desastre que era Lore cuando me abrió la puerta de su casa no podría explicarlo con palabras. Rompió mi corazón verla así, como si no fuera nada más que un mísero paño roto y usado. Creo que incluso peor que eso. Me pregunté si yo me veía así cuando terminé con Ignacio.
Se estrelló en mis brazos, acurrucándose como si tuviera dos años en vez de veintidós.
Como pude la arrastré hacia dentro de su casa, dejándola sentada en el sofá mientras me miraba con cara de estar muriendo.
Me senté a su lado y no pregunté nada. La abracé y dejé que llorara todo lo que quisiera.
Habían pasado alrededor de treinta minutos, los sollozos de Lore habían disminuido un poco pero sus lágrimas todavía no se acaban del todo, cuando el silencio en el que estábamos se rompió con el sonido de mi teléfono.
Lentamente dejé a Lore apoyada en los cojines y fui por mi bolso al sofá más cercano a la entrada. Era André.
—Hola.
—Hola, preciosa. ¿Cómo estás?
—Yo bien, pero Lore me tiene preocupada.
—Algo supe —me dijo—, pero Pato no me dio muchos detalles. ¿Estás con ella?
—Sip, estoy en su casa ahora. —Miré sobre mi hombro para ver a Lore hecha un ovillo—. Está destrozada.
—¿Quieres que vaya?
Me lo pensé. Quería verlo, necesitaba verlo. Y no sólo por satisfacer mi cuota diaria de André, necesitaba a alguien que me diera fuerzas para estar con Lore: verla así era devastador también para mí. Ella que siempre le sonreía a la vida, ahora estaba… apagada.
—¿De verdad puedes?
Se rió al otro lado de línea.
—Por supuesto que puedo.
—Eres el mejor de todos —le dije sonriendo.
Rápidamente le expliqué como llegar y colgué.
Fui a sentarme con ella de nuevo.
—¿Cómo supiste? —me preguntó en un susurro.
—¿Qué cosa?
—Que con Pato terminamos —me dijo como si le diera miedo decirlo en voz alta.
—Él me llamó.
Se quedó en silencio un rato y volvió a llorar.
—N-no en-entiendo —tomó aire—. ¿Por qué me hizo esto?
—No sé amiga, pero estoy segura que sólo fue un desliz.
—No —me dijo encogiéndose—. Me dijo… —sacudió su cabeza tratando de desterrar los recuerdos de su mente—, dijo… dijo que ya no me que-quería.
Su voz se quebró y volvió a llorar con las mismas ganas de antes.
—Shhhhh. —Pasaba mis manos por su cabeza tratando de calmarla, sin saber realmente qué hacer, aparte de dejar que se desahogara.
Lore siguió llorando hasta que el dolor la venció y se durmió. Cada tanto saltaba o gimoteaba en sueños, las lágrimas aún corrían por su cara.
Me fui a hacer un café y a buscarle una manta para taparla.
Creo que pasó una hora cuando sentí que mi celular comenzaba a vibrar en el bolsillo de mi pantalón.
—¿Llegaste? —le pregunté a André.
—Si, ya estoy afuera.
—Te abro ahora.
Dejé mi café sobre la mesa de centro y corrí a abrir.
Cuando abrí la puerta, él estaba parado con la preocupación marcada en su cara. Sólo atiné a estamparme en sus brazos y a hundir mi cara en su pecho. La sensación de dolor en el pecho pasó un poco.
—Oye pequeña —me dijo, apoyando su boca en mi pelo y apretándome más cerca de él—,  ¿qué pasa?
Negué con la cabeza, llenándome con su olor, con su esencia. Esto era como estar en casa. No me di cuenta de lo mucho que me había afectado ver tan mal a Lore hasta que tuve a André sosteniéndome. Por mucho que quisiera olvidarlo, verla así me recordaba todo lo que sufrí con Ignacio. Tiempos que definitivamente no quería recordar, ni mucho menos volver a vivir.
—Dime que no me vas a hacer daño —le dije en un susurro contra su camisa—. Por favor, dime que no voy a quedar rota de nuevo.
Sus brazos se tensaron a mí alrededor. Las lágrimas punzaban con rodar por mis mejillas pero me prohibí llorar. Yo tenía que ser fuerte y apoyar a mi amiga, no caer rendida por el recuerdo del dolor. Porque eso era todo: era un recuerdo.
Levantó uno de sus brazos, puso su mano bajo mi barbilla y levantó mi cara.
Lo miré a los ojos: Estaban serios, cargados de una promesa que no podía hacerme. Mi corazón se hizo añicos en mi pecho.
—Haré todo lo posible por no hacerte daño.
Antes de que pudiera protestar, decir algo acerca de lo que vi en sus ojos, inclinó su cabeza y cubrió mi boca con la suya, sellando un pacto que era a medias verdad, a medias mentira.
Mi corazón dolió en mi pecho, recordándome que, al fin y al cabo, nadie podía prometer no hacer daño, era como prometer ser perfecto.
Pero yo no quería sufrir de nuevo. Tenía pánico a romperme una vez más.

Cuando André entro a la casa, se quedó de piedra al ver el estado en que estaba Lore. Aun estando dormida se notaba lo mal que estaba. Me miró como diciéndome “voy a matar a Pato”.
Se sentó en la mecedora que estaba en la sala de estar y yo fui a la cocina a buscarle un poco de café. Cuando volví, me apuntó sus piernas para que me sentara en ellas.
Abracé su cuello con mis manos, hizo que pusiera mis piernas sobre las de él, abrazo mis rodillas con una mano y comenzó a balancearse al ritmo de una nana que yo no conocía.
Debo haberme quedo media dormida en sus brazos, porque de pronto, sentí que murmuraba en mi oído.
—Mi niña, tu teléfono esta sonando.
Me acurruqué aun más en su cuello, al fin siendo consciente de la vibración de mi teléfono en mi bolsillo.
A tientas lo busque y lo abrí sin ver quien era.
—¿Aló?
—Hija —dijo mi mamá con alivio—,  ¿por qué no me contestabas?
Me senté mejor en el regazo de André, tratando de despabilarme.
—Lo siento, vine a ver a Lore y me quede dormida. —Tomé aire—. Ella y Pato terminaron.
—Oh. —Mi mamá sonaba realmente sorprendida, igual que todos—. ¿Cómo está?
—Deshecha. Nunca la había visto tan mal.
—Chiquita, pobrecita —dijo mi mamá con lástima en su voz.
—Mamá, ¿me puedo quedar acá? Los papás de Lore no están y no quiero que este sola.
—Por supuesto mi niña, quédate ahí. Dale un beso de mi parte.
—Claro, yo se lo doy. Te amo.
—Yo también, adiós.
Colgué y lancé un sonoro suspiro. André me envolvió con sus manos haciendo que volviera a acurrucar mi cabeza en su pecho.
—¿Ha despertado?
André negó con la cabeza.
—Ha sollozado en sueños, pero no ha despertado del todo.
Volví a suspirar.
—Me duele tanto verla así —le dije mirándolo a los ojos—. No se veía venir esto, ellos dos estaban bien… o al menos Lore jamás me dio a entender que pasaba algo malo entre ellos. Ella se proyectaba a más con él. —Negué con la cabeza—. No sé que va a hacer.
—Lo mismo que hiciste tú —me dijo dándome un beso en mi cabeza—. Salir adelante.
—No, no. —Creo que hasta reí un poco—. Yo te tuve a ti, amor. Te tengo a ti. —Lo abracé más fuerte—. Apareciste en el momento preciso. Yo no sé qué hará ella. Sé que es fuerte, pero esto es mucho.
Nos quedamos en silencio un tiempo más, hasta que distinguí como Lore movía su cabeza mirando hacia los lados. Me levanté del regazo de André hasta arrodillarme al lado de mi amiga.
—¿Lore?
André encendió la luz y mi amiga entrecerró los ojos ante el cambio brusco de oscuridad completa a luz demasiado brillante.
—Me duele la cabeza —dijo bajito.
Miré a André.
—Amor, ¿puedes traerle un Paracetamol? Están en el gabinete del baño. Al fondo a la izquierda. —Cuando sentí que comenzó a caminar, agregué—: Y un vaso de agua.
Lore me miró sin entender.
—André vino.
Asintió con su cabeza.
Paso un tiempo hasta que llegó André con las aspirinas. Lore evitó mirarlo y él sólo se sentó a su lado apoyando su mano sobre la de ella.
—¿Quieres comer algo? —le pregunté a mi amiga.
—No —Me pasó el vaso de agua y me miró, sus mejillas negras y sus ojos cansados—. Sólo quiero dormir.
Se puso de pie y se tambaleó.
En dos segundos estuve de pie yo también, afirmándola de un brazo.
—Vamos, yo te acompañó.
Comenzó a caminar y se detuvo. Se dio vuelta y miró a André.
—Gracias por venir. Si quieres —me miro como dudando— puedes quedarte aquí también.
André asintió con su cabeza. Lore se dio la vuelta y yo miré a André.
“Vuelto más rato” le dije sólo con los labios.

Lore se tumbó en su cama cuando llegamos a su habitación.
—No me puedo el cuerpo.
La miré, se me llenaron los ojos de lágrimas de verla así y me acerqué a ella.
—No te preocupes pequeña —levanté su almohada y saqué su pijama—, yo te ayudo.
Le puse su pijama y doblé su ropa sobre un sillón que había cerca de su cama. La ayudé a acostarse y me estiré al lado de ella.
—¿Puedes quedarte aquí hasta que me duerma? No quiero estar sola.
—Me quedo aquí contigo, André puede irse.
—No, no. Que se quede. —Tomo mi mano y la apretó—. Gracias.
—Nada de gracias Lore, para eso estoy.
Sentía como sollozaba en silencio, lágrimas corriendo por sus mejillas, ella tratando en vano de secárselas.
—Shhh, llora amiga, llora.
Se durmió entre lágrimas.
Esperé que su respiración fuera totalmente tranquila, o tranquila dentro de lo agitado que estaba su sueño, y me levanté. Dejé la puerta medio abierta y bajé hacia la sala de estar.
André había encendido el televisor y estaba viendo un programa médico. Por supuesto.
Me senté a su lado y apoyé mi cabeza en su hombro.
—Se quedó dormida, por lo menos.
—Le va a ser bien descansar. —Su estómago rugió y no pude aguantar la risa—. Lo siento —me dijo con las orejas rojas.
—¿Quieres comer algo? —le dije levantando mis cejas.
—Por favor.
Me puse de pie y tomé su mano, levantándolo del sillón.
—Vamos comelón, a comer.
Sabía que André no comía pan en las noches, yo tampoco, mi mamá me había acostumbrado a cenar, así que revise todos los compartimientos de la cocina hasta que encontré un poco de arroz y un trozo de carne.
Me puse en plan cocinera, y a la media hora ya nos tenía a ambos un buen plato de comida servido sobre la mesa de la cocina.
—Podría acostumbrarme a que me cocines en las noches. —me dijo sonriendo.
—No lo sé. —le respondí sacando la lengua—. Tendría que cobrarte.
Abrió sus brazos y entorno los ojos.
—Soy todo tuyo, cobra lo que quieras.
Me dio un ataque de risa pero me tapé la boca, me sentí mala persona riéndome mientras a mi amiga el dolor se la comía en el piso de arriba.
Comenzamos a comer sin cruzar palabra, me sentía rara estando con él aquí cuando Lore estaba tan mal, pero no podía decirle que se fuera. Si se iba, los recuerdos me iban a consumir.
Terminamos de comer en tiempo record, los dos moríamos de hambre.
—Yo lavo esto, tu ve a sentarte.
—Nop, yo lavo, tu vete.
—Chia…
—¿Qué?
—Ve. A. Sentarte.
—Bueno, bueno —le dije entre dientes cuando vi que no iba a salirme con la mía.
Volvió unos diez minutos después a acurrucarse a mi lado: tenía puesta una de esas películas tontas y románticas que no tienen nada de contenido pero sirven para pasar el rato.
Comencé a bostezar, tratando en vano de dejar mis ojos abiertos.
—Vamos pequeña durmiente, a dormir. —Se puso de espaldas a mí—. Arriba, vamos.
Me reí, pero me aferré a su cuello con las manos y entrelacé mis piernas en su “cintura”. Un escalofrío que nunca había sentido me recorrió toda la medula, me estremecí.
Subió los escalones de dos en dos, yo guiándolo por el pasillo, hasta llegar a la pieza que ocuparíamos.
Me dejo en la cama dónde caí de golpe e incluso llegue a rebotar.
—¡Oye! —Me levanté y me froté el trasero—. Eso dolió.
Se rió bajito, se me acercó y me dio un beso en la frente.
—Lo siento.
Me levanté y fui hasta el closet para sacar el pijama que siempre dejaba aquí. Rebusqué un poco más, sabiendo que terminaría encontrando ropa de Pato también. Le pasé una camisa y unos pantalones.
—Hay un baño en esa puerta —le dije, apuntando hacia la pared del fondo de la pieza—. Yo iré al de afuera.
Salí en dirección al baño y cuando tuve lista, pasé a echar un mirada a como estaba Lore. Se veía tranquila durmiendo. Sonreí y seguí hacia la pieza que ocupábamos con André.
Cuando abrí la puerta, André estaba sólo con los pantalones puestos, dejando toda su espalda ancha y sus pectorales a mi visión. Enrojecí de pies a cabeza en menos de un segundo y me di vuelta como una tonta.
—¡Lo siento! —Casi le grité.
Sentí como se reía y se acercaba a mi espalda. Cuando sentí su piel contra la camiseta de mi pijama, se me pusieron los pelos de punta.
—Tan ingenua amor mío, tan ingenua.
Me reí nerviosa y él me dio vuelta para mirarlo. Puso su mano sobre mi estómago y comenzó a correrme hasta dejar mi espalda apoyada en la puerta. Subió mis dos manos mientras con las suyas las dejaba a cada lado de mi cara.
Inclinó su cabeza y suspiró sobre mis labios.
—No te muevas.
Su beso me inundó por completo, arqueé mi espalda y me apoyé contra su cuerpo. Soltó una de mis manos, bajo la suya por mi costado hasta tomar mi rodilla, baje mis manos, me aferré de su cuello y me di el impulso para rodear sus caderas con mis piernas.
Comenzó a faltarme el aire y corrí mi cara buscando airé, él sólo siguió bajando hasta comenzar a devorar mi garganta y los lóbulos de mis orejas.
Cuando sus manos se metieron bajo mi camiseta, acarició la parte baja de mis pechos, subiendo lentamente hasta el centro de ellos. Cuando me tocó, arqueé la espalda y gemí en su boca. Sentí su cuerpo tensarse junto con el mío. Ahí fue cuando supe que no iba a pararlo, no podría. Necesitaba que sus manos me tocaran, sus labios me besaran.
Levanto la camiseta y yo levanté mis brazos, dejando que la prenda saliera de mi cuerpo sin mayor problema.
Me recorrió un poco de remordimiento al saber que estaba Lore a soplo unos pasos, pero yo ya no pensaba, sólo sentía.
Sus manos jugaron con el elástico de mi pantalón mientras yo mordía su labio inferior. Caminó conmigo en brazos hasta depositarme en la cama y deslizó por mis piernas mi pantalón junto con mis pantaletas. Me estremecí ante el toque de sus manos por mis piernas.
Quedé completamente desnuda, la única luz que entraba a la pieza era la de la luna.
Me contemplo un momento y luego se puso sobre mi, acariciando mi cara con sus manos y llenándola con besos.
—Eres preciosa —repetía entre un beso y otro. Era una frase de películas, pero mi corazón se derritió en mi pecho porque era la primera vez que me la decían de la forma en que André la dijo entonces, adornando cada letra con una ternura increíble.
Abrí las piernas y él se colocó entre medio, me miró a los ojos con una pregunta clara en ellos. ¿Estás segura? Yo sólo asentí con la cabeza.
Sentí como, la primera vez que intento entrar, resbalo. Me reí de lo nerviosa que estaba y él sólo negó con su cabeza.
La segunda vez no hubo problemas, ahogué un gritito de sorpresa en su boca mientras hundía mis dedos en su espalda.
Con cada vez que entraba, sentía que la cabeza me iba a explotar. Sus embestidas se hicieron cada vez más rápidas, pero no por eso menos cuidadosas y tiernas. Besaba mis párpados y mi nariz, yo besaba su cuello y entrelazaba más fuerte mis piernas en sus caderas tratando de llevarlo más adentro.
Sentí como un millón de hormigas se agrupaban en distintas partes de mi cuerpo, hasta que se unieron en el centro y me hicieron explotar mordiéndome la lengua para no gritar. Él llegó conmigo, escondió su cara en mi cuello.
Me sentí conectada con él como nunca me había sentido con nadie. Mi corazón bombeaba a mil por hora. Me di cuenta que estaba enamorada, total y absolutamente enamorada de él.
Me miró a los ojos, brillaban como jamás los había visto y supe que se sentía igual que yo.
Besó mi boca tiernamente, apoyo su frente contra la mía mientras esperábamos que nuestras respiraciones volvieran a la normalidad.
—Te quiero amor, te quiero muchísimo.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Mi corazón se hinchó en mi pecho y me volví loca de felicidad. Él siempre me decía te quiero, nunca un “te quiero mucho” o algo más que eso, que me dijera esto ahora, era perfecto. Fue una conexión completa.
Le sonreí y froté mi nariz contra la suya, mordiéndome la lengua para evitar decirle “Te amo.”

Veintiuno


“Tu amor es causa… ”

Los siguientes dos meses fueron perfectos.
Mi vida se dividía entre las prácticas, los estudios y mi André, él que ocupaba casi el 50% de mis días. Era intoxicante, adictivo… estaba totalmente vuelta loca por él. Y era capaz de gritarlo a los cuatro vientos si él me lo pedía.
Jamás me había sentido tan completa, tan bien. Y todo era gracias a él.
Rossy había dejado sus intentos de hacer cualquier cosa por alejarlo cuando entendió que en nuestra burbuja perfecta sólo cabíamos él y yo, aunque eso no significaba que no la encontrara mirándolo más seguido de lo que me hubiese gustado.
***
Estaba en el consultorio, terminando de arreglar unas pocas cosas para poder irme, cuando mi teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo.
Lo saqué pensando que sería André avisándome dónde nos juntaríamos, pero era Lore la que me llamaba.
—¿Aló?
Silencio al otro lado de la línea. De pronto, comencé a escuchar una serie de llantos, gimoteos y palabras sin significado alguno.
—¿Amiga? ¿Qué pasa?
—Ch… Chia. —Mi amiga se rompía en mil pedazos al otro lado del teléfono y yo me sentía atada de manos.
—Lore, dime dónde estás. —Lo único que podía escuchar era como balbuceaba, no lograba entenderle—. Amiga por favor, dime dónde estás para poder ir contigo.
—M…mi ca…ca…casa.
Cerré el móvil de un golpe y salí volando del consultorio.
Iba cruzando la calle para llegar a la parada de autobús, cuando mi móvil comenzó a vibrar nuevamente. Miré el nombre de la pantalla para ver que era Pato. Esto no iba a ser bueno.
Ni siquiera dije hola cuando contesté.
—¿Qué le pasó a Lore?. —Lo que en verdad quería preguntar era “qué le hiciste a Lore”, pero conocía a Pato y sabía que se iba a molestar. Eso era lo que menos necesitaba ahora.
—¿Te llamó? —Su voz sonaba extraña—. ¿Qué te dijo?
—Me dijo muchas cosas pero no le entendí ninguna, estaba desconsolada llorando. —Comenzaba a cabrearme—. ¿Qué mierda pasó, Pato?
Se hizo el silencio y supe que la respuesta sería horrible, por decirlo menos.
—Terminamos. —Dejé de moverme y miré el teléfono con incredulidad. Mi amiga iba a morirse—. ¿Chia? —Tomó una bocanada gigante de aire—. ¿Puedes ir a verla?
—Para allá voy.
—Gracias. —Sonaba aliviado.
—¿Puedo saber qué fue lo que pasó?
—Yo…  —Su voz sonó cansada, extraña, como si estuviera sufriendo demasiado—. No sé, simplemente necesitaba un poco de espacio para mí.
¡Já! Y yo había nacido ayer.
—Pato, no necesito que me mientas. Eres mi amigo.
—¿Podemos hablar después de esto?
—Como sea.
Terminé la llamada más cabreada que nunca. La señora que estaba sentada en el banco, miraba con cara esperanzada en la dirección que se supone debía venir el bus.
Diez minutos más tarde, estaba oficialmente cabreada con el mundo. Necesitaba llegar a Viña lo más rápido posible.
Fue ahí cuando me alumbre.
—¿Esta hace mucho tiempo esperando el bus? —le pregunté a la señora que estaba a mi lado, aun mirando el camino con cara esperanzada.
—Oh mijita, no. Espero a mi marido. —Me dio una sonrisa de esas de abuelita—. Los buses se han ido a paro hasta mañana, no están pasando ni siquiera colectivos.
Mierda. La miré con incredulidad mientras ella seguía mirando la carretera.
Estaba en la nada. En la punta de un cerro infinito y no había forma de bajar de aquí si no era en automóvil o en bus. ¿Y cómo se suponía que llegaría a Viña si no era en bus? Me demorarías horas. ¿Qué se supone que hacía?
Saqué mi móvil mientras la señora se ponía de pie cuando un automóvil verde se detuvo frente a nosotras.
—¿Quieres que te llevemos a alguna parte, cariño?
La miré con ojos de gato.
—¿Hasta dónde llegan?
—Hasta la Plaza Victoria —me dijo con una sonrisa.
Bueno, eso era mejor que nada. Al menos habría salido de aquí.
—Me serviría mucho, gracias.
Ya dentro del automóvil, ella y su esposo comenzaron a conversar de la vida. Se veían una pareja muy unida, de esas que daban envidia, aunque a mí ya no me daban tanta envidia como antes. Ahora tenía a André.
Saqué mi celular, marqué el número de Joaquín y crucé los dedos porque no estuviera en clases… o divirtiéndose con alguna chica.
—Ingrata.
Sonreí ante el saludo de mi mejor amigo.
—Hola, inepto. ¿Cómo estás?
—Aquí, haciendo hora para ponerme a estudiar, ¿y tú?
—Eeeh… digamos que estoy en medio de un problemilla y quería ver si tú podías salvarme.
—¿Qué pasó? —Su voz se puso tensa de inmediato.
—Nada grave, tranquilo —dije con una risita—. Quería saber si podías venir a buscarme. Estoy en Quebrada Verde y paro de buses. Necesito llegar a Viña. —Vi como la señora me miraba por el espejo del auto y me daba una sonrisa. Se la devolví—. Lore terminó con Pato.
—Mierda. ¿Dónde estás?
—Ahora mismo voy saliendo del Consultorio. Una señora y su marido se ofrecieron a llevarme hasta la Plaza Victoria. ¿Puedes ir a buscarme allá?
—Salgo ahora mismo.
Y terminó la llamada.
Con Joaquín siempre habíamos tenido uno relación bastante extraña. Nos conocíamos desde los diez años, mejores amigos desde que vertió manjar en mi camiseta y yo lo golpeé por ensuciarme.
Estuve total y absolutamente enamorada —o eso creía— de él hasta que conocí a Matías. Jamás pasó algo entre los dos, pero entre más grandes nos hacíamos más iba notando como había una cierta tensión en nuestra relación. Según Marce, era tensión sexual. Según yo… no tenía idea que era. Pero no le hacíamos caso, ni hablábamos de ella.
Era mi mejor amigo, pero traba de verlo lo justo y necesario. Era extraño estar con él alrededor.

Quince minutos después, me bajaba del auto de la pareja dándoles un millón de gracias y comenzaba a caminar hasta una banca para poder llamar a Joaquín.
Contestó al primer timbrazo.
—¿Dónde estás?
Miré a mí alrededor para ubicarme
—Estoy justo frente a los columpios que están frente a la Catedral, en una banca.
—Perfecto, voy llegando.
Cinco minutos después, el Jeep de Joaquín paró frente a mí. Me levanté y me subí al asiento del copiloto.
—¿Qué pasó con Lore? —me preguntó mientras le daba un beso gigante en la mejilla.
—No sé. Me llamo desconsolada, con suerte pude entender dónde estaba. A los segundos de cortarle me llamó Pato para decirme que fuera a verla porque habían terminado…
Me mordí la uña del meñique, nerviosa. Necesitaba ver a mi amiga y saber que estaba bien. Y por sobre todas las cosas, necesitaba golpear a Pato hasta que entrara en razón y volviera con ella.
Hablamos de cosas sin sentido durante todo el viaje y cuando estábamos cerca de llegar a la casa de Lore, me dijo—: Increíble como sólo me llamas cuando estás en apuros.
—¿Ah? —Giré mi cabeza para mirarlo.
—Que sólo me llamas cuando te pasa algo. Ni un mísero llamado a tu mejor amigo cuando tu vida está calma —me dijo, mirándome con pena.
No pude evitar reírme.
—No porque no te llame cada cinco segundos, no significa que no me acuerde de ti. —Le fruncí el ceño—. Además, tu también podrías llamarme.
—Aaaah, es que yo estoy muy ocupado. —Me miró y pude ver que se estaba mordiendo la lengua por preguntar algo.
—Escúpelo.
—¿Qué? —Me miró con ojos de niño inocente.
—La pregunta, Joaco. Escúpela.
—Ah. Es que me llegó un rumor…
—¿Rumor?
—Sí, de Tomás.
Tomás era un compañero de él y de Marce, al que yo sólo había visto un par de veces.
—¿Y se puede saber qué fue lo que te dijo? —Comenzó a subir y a bajar sus dedos por el manubrio—. Joaco…
—Está bien, está bien. —Miró hacia el frente en vez de mirarme a mí—. Me dijo que estabas con alguien.
—Ah. —Me revolví incómoda en mi asiento. Por alguna razón, con Joaco podíamos hablar de todas sus novias y ligues de una noche, pero hablar de mis novios era otra cosa. Él se ponía extraño. Me reí nerviosa—. Se podría decir algo así. No sé la verdad.
Me dio una mirada de lado.
—¿Cómo que no sabes?
—No sé. —Me encogí de hombros—. No sé lo que somos y la verdad, tampoco me importa. Estoy bien con él así.
—Ah. —Era su turno de quedarse sin palabras.
Siguió en silencio bastante tiempo más, hasta que llegamos a la casa de Lore, cerca de la plaza de Miraflores.
Estacionó el auto fuera. Me estrujé mis manos, incómoda.
—Gracias por traerme.
Esperé que dijera algo pero no parecía que fuera a hablar. Tomé mi bolso y abrí la puerta del Jeep.
Me di la vuelta, pero Joaquín puso su mano en mi antebrazo impidiendo que me moviera. Sentí electricidad recorrer todo mi cuerpo.
Nuestra amistad no era de piel, para nada. Y no era así exactamente por lo que sentíamos cuando nos tocábamos. Lo evitábamos a toda costa.
—Perdón. —Sacó su mano de mi brazo de un tirón—. Siento haberme puesto así. Pero que Tomás supiera y yo no… fue… Me sentí apartado.
Alejé la incomodidad lo más lejos que pude de mí y lo miré.
—No te preocupes. —Le sonreí—. Prometo contarte las cosas antes que a nadie.
Me acerqué a él y me despedí rápidamente, nerviosa de que me pudiese decir algo más.
El clima entre frío y calor de Octubre me envolvió. Cerré la puerta del copiloto y me despedí de Joaco con la mano.
Cuando su Jeep se fue, caminé hacia la casa de Lore.
Hora de arreglar el caos.

Veinte

“Un poco de ti no me haría mal.”


—¿Se supone que este fue una especie de rapto? —le dije a André mientras caminábamos fuera de mi U aun sintiendo las miradas de mis amigas pegadas en nuestra espalda.
—Habría sido un rapto si te hubiese metido en la cajuela de un auto, esto es sólo yo viniéndote a buscar porque quería verte.
Apretó mi mano y me dio una sonrisa de lado. Mi corazón quedó hecho líquido.
—Podrías al menos haberme dicho —dije en un susurro.
Caminamos sin rumbo fijo, él hablándome de sus pequeños pacientes, yo hablándole de lo asquerosa que habían estado mis clases.
Me di cuenta que caminábamos en dirección a mi casa cuando él comenzó a ponerse serio y demasiado rígido.
—¿Qué pasa? —lo miré extrañada.
—¿Eh? —Al parecer hace rato que no venía escuchando lo que yo le hablaba.
—Estas distraído. ¿Pasa algo?
Sus hombros estaban rígidos, pero la expresión de su cara era de calma, excepto por sus ojos.
—Nada pequeña, estoy cansado.
Comenzó a caminar mas rápido y por ende, yo también. Miré a mi izquierda y vi que íbamos pasando por el edificio de Macka.
Alá. Ahí estaba la razón de su comportamiento.
Yo no podía dejar que cada vez que pasáramos por frente a su casa él se pusiera extraño. Ya no teníamos de que escondernos.
Tomando más valor del que nunca creí, tiré de su mano hacia atrás e hice que se diera vuelta. Me acerqué a él y me puse de puntillas para besarlo. Cuando estaba a solo milímetros de su boca y podía sentir su aliento en mi cara, desvió su cara para impedir que lo besara.
Me quede congelada.
Me miró con ojos de ciervo asustado. Comencé a temblar.
—No, mi niña. —Tomó mis manos y apoyó su frente contra la mía—. Aquí no puedo. Se me hace raro aún. Entiéndeme.
Yo era una persona razonable, entendía, pero ahora, me costaba. Sabía que había estado mucho tiempo con ella, aún no sabía porque razón habían terminado, no sabía si él ya sabia que ella lo había engañado, sabía que de una u otra forma debía de dolerle, tenía que darle espacio aunque me costara. Yo no quería ahogarlo.
Simplemente asentí con mi cabeza y escondí mi cara en su hombro, llenando mis sentidos son el olor a madera que su piel desprendía.
Acarició mi pelo y lo escuche susurrar claramente en mi oído “ojalá te hubiese conocido antes”. Me congelé de pies a cabeza pero no pregunte nada. Yo ya no quería saber nada más.
Carpe Diem.

—¿No está tu mamá?
Me reí de lo incrédula que sonaba su voz.
—Le toco turno de noche hoy también —le dije inocentemente.
—¿Y manu?
—Dónde mi hermana. Es demasiado regalón para quedar solo tanto tiempo.
Se quedó parado en el umbral de la puerta. Podría haber jurado que lo vi nervioso. De estar solo. Conmigo.
Como si yo fuera capaz de hacer algo.
Lo miré con la expresión mas tierna que mi cara me permitía.
—¿Me tienes miedo?
Abrió sus ojos de par en par y le dio un ataque de risa de esos de los grandes. Lágrimas caían por sus ojos y se doblaba en dos afirmando su estómago.
—Tú… darme… miedo… ¿a mí? —Rompió a reir de nuevo con más ganas. Avanzó hasta ponerse a mi lado—. Eres como un pequeño osito, no podrías causarle miedo a nadie ni aunque lo trataras con todas tus ganas.
Bueno. Debía concederle aquel punto. Yo era pequeña y menudita, definitivamente no era una estampa para imponer respeto.
Tomó mi mentón con su dedo índice y lo levanto para dejar mi boca más a su alcance. Inclinó su cabeza y acercó sus labios a los mios. Sentía su respiración, su olor, la cabeza me daba vueltas. Movio su cabeza hacia un lado y otro, rozando con cada movimiento mis labios. Con cada roce mi corazón bombeaba un poco más rápido. Con cada roce me acercaba más a su cuerpo.
Atrapó mi boca con un beso y apoyo una de sus manos en mi cadera. Atrapandome. Sin indicios de dejarme ir en un futuro cercano.
Atrapó mi cuerpo entre el suyo y una pared. Lo sentía por todas partes.
Mi respiración se hizo cada vez más acelerada, tanto que hasta me dio vergüenza. Me sentía hirviendo.
Se separó de mí boca, su pecho subiendo y bajando tan veloz como el mío. Chocó su nariz con la mía.
—Tengo que parar.
Yo sólo me concentre en hacer que mi respiración volviera a un ritmo aceptable.
—Vas a hacer que sufra una combustión espontánea —le dije en un susurro.
Se rió y como siempre, me deleite en el sonido de su risa.
—Haré lo que es sensato. Me iré.
Lo miré con ojos asustados.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque si me quedo un minuto más aquí terminaremos haciendo algo que tu aún no quieres. Por lo tanto y como te respeto y te quiero, me iré. —Se separó unos pasos de mi y me miró con ojos tristes—. Solo, triste y abandonado…
Comenzó a hacer círculos con su pie en el piso mientras me miraba con una cara que decía “déjame aquí”.
Me acerqué a él y me abracé a su cuerpo con todas las fuerzas que podía. Estar lejos de él teniéndolo cerca me era imposible. Él, su presencia, su olor, su esencia, todo era adictivo.
—Te quiero mucho.
Sentí como dejó de respirar un segundo.
Él me había dicho te quiero antes, pero mi voz decía… decía mil cosas más. Incluso a mi me dio miedo como sonó. Sonó a promesas, a futuro, a un sentimiento gigante. No sonó para nada a un te quiero.
No dijo nada. No hizo nada. Lo había espantado. Perfecto.
Tratando de bajarle un poco el perfil a la situación, restregué mi nariz contra su camisa y me separé de él.
—¿No me dijiste que te ibas?
Lo miré a los ojos. Estaba confundido y su cara aún mostraba signos de perplejidad. Sacudió un par de veces su cabeza y me sonrió.
—Me voy.
Se acercó y me beso en la frente, la nariz y por último, en la boca. Un beso pequeño pero tiernísimo. Me sonreí.
—Nos vemos mañana.
—Nos vemos.
***
El viaje al consultorio al día siguiente fue muy diferente al primero: Ahora, iba feliz.
—Buenos días —dije con una sonrisa al resto de mis compañeras que estaban en práctica conmigo. Hice un escaneo rápido con los ojos pero no vi a Rossy. Sonreí.
—¿Y tú? ¿Tanto ánimo a las ocho de la mañana y con el frío que hace? —me dijo Betty, una compañera.
—Aaaah. Se cuenta el milagro pero no el Santo. —Le saqué la lengua.
Guardé mis cosas en los casilleros, puse algunas horquillas en mi pelo para evitar que me cayera el pelo sobre la cara, y salí hacia los box de atención.
Ahí me topé frente a frente con Rossy.
—Hola —me dijo con una sonrisa de oreja a oreja. No me gusto como me hizo sentir. Me acobardó.
—Hola. —Le sonreí y seguí mi camino.
—Si estas buscando a André —dijo Rossy a mis espaldas— está en el Box A.
Me quede quieta unos segundos y cuando me volví para verla, le di la sonrisa más relajada que pude. No me podía afectar, no podía afectarme.
—No lo estaba buscando, pero gracias por el dato.
Seguí caminando hacia la centralita para poder sacar las fichas y comenzar con los exámenes psicomotores de los niños.
A lo lejos distinguí a André conversando con una de las matronas. Tiene que haberse sentido observado porque levanto su vista y se encontró conmigo. Me sonrío.
—¡Bu!
Salté hacia adelante con el corazón en la boca. Odiaba con todo el corazón que me asustaran.
—¿Que mier...?
Me di la vuelta con cara de odio para ver a el o la culpable de que casi me diese un infarto.
Matías estaba con una sonrisa de oreja a oreja, satisfecho de que su broma hubiera cumplido su propósito.
—Lo siento —me dijo mientras me acariciaba un lado de la cara y aguantaba la risa—. Es que es inevitable querer asustarte.
Hice un puchero con la boca.
—Odio que me asusten.
—Lo sé, pero te ves tierna asustada.
Me miró fijamente y comencé a sentirme incómoda. Era como si sus ojos pudieran traspasarme, me taladraban. Ya no se sentía tan bien como solía hacerlo.
—Chia.
Me di la vuelta de golpe para encontrar a André mirándome con una sonrisa en la cara, pero dándole una mirada de muerte a Matías.
—Hola. —Le di una sonrisa que me salió del alma. Me acerqué hasta André—. Él es Matías, un viejo amigo —dije apuntando a mi ex novio—. Mati, él es André.
Lo presenté sin título, sin apodos, sin nada. No sabía que éramos, ni donde estábamos parados y no quería presentarlo como “mi novio” y que él me mirara con cara de asustado.
—Hola. —André dio un paso hacia adelante y le tendió la mano a Matías para que se saludaran.
—Hola. —Matías tenía los ojos pequeños, como calculando cada paso que daba André.
Se soltaron las manos pero siguieron mirándose, como midiendo cuál de los dos era el más fuerte, el más increíble, etc.
No sabía cómo hacer para que ellos dos dejaran de mirarse como lo hacían, era incómodo.
Una paramédico llegó a rescatarme.
—Dr. Torres. —Matías desvió la vista—. Lo esperan en el box cuatro.
—Voy de inmediato.
Miró a André una vez más, se despidió con la mano y siguió a la paramédico.
Miré a André que tenía los hombros rígidos.
—¿Qué pasa?
Me sonrío y puso una mano sobre mi cadera.
—Si él quiere marcar territorio —dijo acercándose cada vez más a mi cara—, creo que yo tengo más derecho que él para también hacerlo.
Sus labios encontraron los míos y me besó tiernamente. Fue un beso casi casto, las muestras físicas en el consultorio estaban algo así como “restringidas”.
Se alejó unos centímetros de mi y me miró a los ojos, su mano seguía sosteniendo mi cadera con fuerza, como si de un momento a otro yo pudiera salir corriendo lejos de él y él no quisiera que lo hiciera.
—Te quiero, pequeña.
Se me puso la sonrisa tonta en la cara, mi corazón bailando feliz en mi pecho, mi estómago lleno de mariposas gigantes.
Me adelanté para besarlo en la mejilla antes de seguir mi camino hacia la sala de exámenes flotando en una nube.